Iconografía: El significado histórico y su uso esencial

¿Cómo sabemos que un hombre que sostiene un tridente es Poseidón? ¿Por qué reconocemos a san Pedro cuando lleva unas llaves? La respuesta está en la iconografía, uno de los lenguajes fundamentales del arte y una herramienta imprescindible para comprender muchas de las obras que encontramos en los museos.

Durante siglos, los artistas utilizaron objetos, animales, colores, gestos y otros atributos para identificar personajes y transmitir historias. Estos elementos permitían al espectador reconocer lo que estaba viendo, pero también aportaban información que podía pasar inadvertida para quien desconociera sus códigos.

Aprender iconografía significa, por tanto, aprender a mirar una pintura de otra manera. En este artículo veremos qué es, en qué se diferencia de la iconología y cómo funciona a través de dos grandes repertorios de imágenes que encontramos en la historia del arte: la mitología clásica y el cristianismo.

Porque un tridente o unas llaves pueden parecer detalles secundarios. Cuando conocemos su significado, empiezan a contarnos una historia.

La iconografía de Baco es la más dulce: siempre lleva vino. Copia de Miguel Ángel, fotografía tomada en Albertina Museum, Viena, Austria. The guides you need
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¿Qué es la iconografía?

La iconografía es la disciplina que estudia e identifica los temas, personajes, símbolos y atributos representados en una obra de arte. Su nombre procede de los términos griegos eikón —imagen— y gráphein —escribir o describir—, una etimología que nos acerca bastante bien a su función: aprender a identificar aquello que las imágenes nos están mostrando.

Pensemos en una figura masculina que sostiene un rayo y aparece acompañada por un águila. Gracias a la iconografía podemos reconocer a Zeus. Si vemos unas llaves en las manos de un apóstol, podemos identificar a san Pedro. El aspecto físico del personaje puede cambiar dependiendo del artista y de la época, pero determinados atributos permiten conservar su identidad.

Esto resulta especialmente importante en la pintura, donde una obra puede contener mucha más información de la que percibimos en una primera mirada. Objetos aparentemente secundarios, animales, prendas de vestir o incluso determinados gestos pueden ayudarnos a identificar al protagonista y, a partir de ahí, comprender qué episodio está representando el artista.

Iconografía e iconología: ¿qué es cada cosa?

Aunque sus nombres son parecidos y están estrechamente relacionadas, iconografía e iconología no significan exactamente lo mismo. Podemos entender su diferencia a través de dos preguntas muy sencillas: ¿qué estamos viendo? y ¿qué significa lo que estamos viendo?

La iconografía se ocupa principalmente de la primera. Si una mujer aparece con un casco, una lanza y un escudo decorado con la cabeza de Medusa, esos atributos permiten identificarla como Minerva. Hemos reconocido al personaje y los elementos que construyen su imagen.

La iconología da un paso más. Trata de interpretar el significado de esa representación teniendo en cuenta su contexto histórico y cultural. Una vez identificada Minerva, podemos preguntarnos por qué aparece en esa obra, qué idea representa, quién encargó la pintura o qué significado podía tener su presencia para los espectadores de aquella época.

Ambas disciplinas están, por tanto, relacionadas, pero no son intercambiables. La primera nos proporciona las herramientas necesarias para reconocer el lenguaje visual de una obra; la segunda utiliza también ese lenguaje para profundizar en su significado. Esta diferencia será especialmente útil cuando analicemos cómo la mitología clásica y el cristianismo han construido algunos de los repertorios de imágenes más reconocibles de la historia del arte.

Seguimos con el H3 «¿Por qué usamos la iconografía?». Aquí incorporamos la conexión con el artículo del Barroco y explicamos la función de las imágenes en sociedades con niveles de alfabetización muy distintos de los actuales.

¿Por qué usamos la iconografía?

La iconografía permite que una imagen comunique información sin necesidad de recurrir a palabras. Para comprender su importancia debemos pensar en sociedades muy diferentes de la nuestra, en las que buena parte de la población no sabía leer y el acceso a los libros era mucho más limitado. Como explicamos en nuestro artículo sobre el Barroco, las imágenes podían convertirse así en una poderosa herramienta para transmitir historias, ideas y creencias.

El cristianismo ofrece un ejemplo evidente. Una persona que no pudiera leer un texto sobre el martirio de un santo podía conocer su historia a través de una pintura, una escultura o un retablo. Además, determinados atributos permitían reconocer inmediatamente a los protagonistas. Las llaves identificaban a san Pedro; una parrilla, a san Lorenzo; y una rueda, a santa Catalina de Alejandría. La repetición de estos elementos terminó creando un lenguaje visual compartido entre artistas y espectadores.

Un lenguaje que también necesitaba aprenderse

Sin embargo, esto no significa que cualquier persona pudiera comprender automáticamente todas las imágenes. La iconografía también debía aprenderse. Los sermones, las celebraciones religiosas, la tradición oral y la contemplación repetida de determinadas imágenes ayudaban a familiarizar al espectador con personajes e historias.

Algo parecido ocurría con la cultura clásica, aunque su conocimiento estuvo especialmente ligado durante siglos a ambientes cortesanos y a sectores con formación humanística. Reconocer un águila junto a Júpiter o el caduceo de Mercurio exigía conocer previamente esos códigos. Cuanto mayor era la cultura visual del espectador, mayor era también la cantidad de información que podía extraer de una obra.

Por eso seguimos utilizando la iconografía actualmente. Ya no dependemos de las imágenes porque no podamos acceder a los textos, sino porque conocer sus códigos nos permite comprender mejor una obra de arte. Identificar un personaje puede ser solo el comienzo: a partir de ahí podemos reconstruir su historia, entender las decisiones del artista y descubrir significados que una primera mirada había dejado ocultos.

La iconografía en la mitología clásica

Los dioses de la mitología clásica planteaban un problema evidente para los artistas: muchos tenían apariencia humana y, sin algún elemento que los distinguiera, podían resultar difíciles de identificar. ¿Cómo sabemos que un hombre barbado es Zeus y no Poseidón? La iconografía proporciona la respuesta mediante atributos que se repitieron durante siglos hasta quedar asociados con determinados personajes.

Estos códigos procedían de las propias historias antiguas, pero también fueron evolucionando con el tiempo. Animales, armas, plantas y objetos terminaron formando parte de la identidad visual de cada divinidad. El rayo de Zeus, el tridente de Poseidón o el casco de Atenea permiten reconocerlos incluso cuando el artista no representa un episodio concreto de sus vidas.

La recuperación de la cultura clásica durante el Renacimiento dio un nuevo impulso a estas imágenes. Los artistas estudiaron textos antiguos, esculturas y otras fuentes visuales, mientras que los humanistas ayudaron a recuperar e interpretar un enorme repertorio de historias. La pintura mitológica en el arte europeo desarrolló así un lenguaje capaz de transformar relatos escritos muchos siglos antes en imágenes reconocibles para sus espectadores.

Algunos ejemplos de iconografía mitológica

La mejor manera de comprender este sistema es observar cómo funciona con personajes concretos. Cada dios posee una iconografía construida a lo largo de siglos y puede acumular numerosos atributos, aunque estos no tienen por qué aparecer simultáneamente en una misma obra. En ocasiones, basta un objeto, un animal o incluso una determinada transformación para saber quién se encuentra ante nosotros.

Estos códigos tampoco son completamente invariables. La representación de los dioses evolucionó desde la Antigüedad y volvió a transformarse cuando los artistas europeos recuperaron aquellas historias. Por eso, aprender sus principales atributos no significa memorizar una fórmula cerrada, sino adquirir una serie de pistas que nos permitan interpretar la pintura y reconocer a sus protagonistas.

Zeus

Zeus es el soberano de los dioses y una de las figuras fundamentales de la mitología clásica. Hijo de Cronos y Rea, gobierna desde el Olimpo después de derrotar a su padre y a los Titanes. Su posición como máxima autoridad divina explica que su iconografía tienda a presentarlo como un hombre adulto, poderoso y barbado, una imagen destinada a transmitir autoridad.

Sus dos atributos más característicos son el rayo y el águila. El primero está relacionado con su dominio sobre el cielo y las tormentas y funciona prácticamente como su arma personal. El águila, por su parte, quedó estrechamente asociada al dios y puede aparecer junto a él o convertirse incluso en protagonista de algunos de sus relatos.

Sin embargo, reconocer a Zeus puede resultar bastante más complicado cuando nos encontramos ante sus numerosas aventuras amorosas. El dios cambia constantemente de apariencia para acercarse a mortales y otras figuras mitológicas: adopta la forma de toro para raptar a Europa, se convierte en lluvia de oro para llegar hasta Dánae y aparece como cisne en la historia de Leda. En estos casos, la propia metamorfosis se convierte en un atributo que permite identificarlo.

Zeus demuestra así que la iconografía no consiste únicamente en buscar objetos junto a un personaje. A veces necesitamos conocer el mito representado para comprender que el animal o el fenómeno extraordinario que estamos contemplando es, en realidad, el propio dios.

Poseidón

Poseidón es hermano de Zeus y una de las grandes divinidades del panteón clásico. Tras la victoria de los dioses olímpicos sobre los Titanes, el reparto del mundo lo convirtió en señor de los mares. Esta relación con el agua determina buena parte de los elementos utilizados para representarlo en el arte.

Su atributo más característico es el tridente, un arma de tres puntas que terminó convirtiéndose en su principal signo de identidad. Puede utilizarlo para agitar las aguas, provocar tempestades o golpear la tierra. Por ello, incluso cuando aparece simplemente como un hombre adulto y barbado, muy semejante físicamente a Zeus, el tridente permite reconocerlo con facilidad.

Su iconografía incorpora también numerosos elementos marinos. Poseidón puede aparecer rodeado de peces, delfines y criaturas fantásticas o desplazándose sobre las aguas en un carro. Pero existe otro animal cuya relación con el dios puede resultar menos evidente para el espectador actual: el caballo. Diferentes relatos de la mitología clásica vinculan a Poseidón con estos animales, por lo que también pueden formar parte de sus representaciones.

En la tradición romana fue identificado con Neptuno, denominación muy habitual en la pintura y la escultura europeas. Como sucede con otros personajes de la mitología clásica, conocer los dos nombres evita confusiones: aunque una obra se titule Neptuno, el tridente continúa ofreciéndonos la misma pista visual.

Hermes

Hermes es uno de los dioses más fácilmente reconocibles gracias a la variedad de atributos que componen su iconografía. Hijo de Zeus y Maya, desempeña numerosas funciones dentro de la mitología clásica, aunque una de las más conocidas es la de mensajero de los dioses. Su capacidad para desplazarse entre diferentes mundos explica buena parte de los elementos con los que los artistas lo representaron.

Uno de sus atributos más característicos es el caduceo, una vara alrededor de la cual se entrelazan dos serpientes. También puede llevar un sombrero de ala ancha, conocido como petasos, y unas sandalias aladas que aluden a la velocidad con la que cumple los encargos de los dioses. En algunas representaciones, las alas aparecen directamente en su sombrero o en sus pies, haciendo que su identificación resulte prácticamente inmediata.

Sin embargo, Hermes no era únicamente un mensajero. También estaba relacionado con los viajeros, los comerciantes, la elocuencia e incluso los ladrones. Además, ejercía como psicopompo, es decir, como guía encargado de conducir las almas de los muertos hacia el inframundo. Esta diversidad de funciones explica que su imagen pueda aparecer en contextos muy diferentes dentro del arte.

En la tradición romana fue identificado con Mercurio, nombre con el que aparece frecuentemente en la pintura europea. Por eso, cuando encontramos a un joven acompañado por un caduceo o provisto de elementos alados, la iconografía nos proporciona una pista fundamental: probablemente estamos ante Hermes o Mercurio, dos nombres que la tradición artística occidental ha utilizado para representar a una de las figuras más versátiles de la mitología clásica.

Atenea

Atenea es hija de Zeus y una de las principales divinidades del Olimpo. Está relacionada con la sabiduría, la estrategia militar y diferentes actividades intelectuales y artesanales. Su nacimiento es además uno de los episodios más extraordinarios de la mitología clásica: después de que Zeus engullera a Metis, Atenea nació de la cabeza de su padre completamente armada.

Esta condición guerrera determina inmediatamente su iconografía. Atenea suele aparecer con casco, lanza y escudo, elementos que permiten distinguirla de otras divinidades femeninas. Sin embargo, a diferencia de Ares, no representa fundamentalmente la violencia descontrolada de la guerra, sino su dimensión estratégica, disciplinada e inteligente.

Uno de sus atributos más importantes es la égida, una protección asociada tanto a Zeus como a Atenea que puede aparecer decorada con la cabeza de Medusa. Según el mito, Perseo entregó posteriormente la cabeza de la Gorgona a la diosa, que la incorporó a su protección. De este modo, un personaje aparentemente secundario de otro relato termina formando parte de la identidad visual de Atenea.

También puede aparecer acompañada por la lechuza, animal asociado con la sabiduría y estrechamente vinculado con la ciudad de Atenas. Los romanos identificaron a la diosa con Minerva, nombre muy frecuente en el arte occidental. Casco, lanza, égida, Medusa o lechuza forman así un conjunto de pistas que permiten reconocerla incluso antes de conocer la historia concreta que representa la obra.

Minerva o Atenea: puedes saber que es ella por su iconografía: ¡El casco no miente! The guides you need
Minerva o Atenea: puedes saber que es ella por su iconografía: ¡El casco no miente! The guides you need

La iconografía en el cristianismo

El cristianismo desarrolló durante siglos uno de los sistemas iconográficos más extensos de la historia del arte. Cristo, la Virgen, los apóstoles, los evangelistas y una enorme cantidad de santos debían resultar reconocibles para los espectadores, incluso cuando varios personajes compartían edad, vestimenta o características físicas similares.

La iconografía solucionó nuevamente este problema mediante atributos. Algunos proceden directamente de episodios bíblicos, mientras que otros están relacionados con el martirio, los milagros o las tradiciones asociadas a cada santo. Estos elementos se repitieron hasta convertirse en auténticas señas de identidad: unas llaves podían bastar para reconocer a san Pedro y una espada para identificar a san Pablo.

En otras ocasiones, el atributo recuerda precisamente la forma en la que murió el personaje. Esto explica algunas imágenes que pueden resultar desconcertantes para el espectador actual: santos acompañados por flechas, ruedas, parrillas o incluso por los instrumentos utilizados durante su martirio. No son elementos decorativos. Nos están diciendo quién aparece representado y, en muchas ocasiones, nos proporcionan una pista sobre su historia.

Algunos ejemplos de iconografía cristiana

Como sucedía con los dioses de la mitología clásica, un personaje cristiano puede poseer varios atributos y estos no tienen por qué aparecer siempre juntos. Las convenciones también pueden cambiar dependiendo de la época, el territorio o la escena representada.

Los cuatro evangelistas

Uno de los ejemplos más interesantes de iconografía cristiana lo encontramos en los cuatro evangelistas. Mateo, Marcos, Lucas y Juan pueden aparecer escribiendo sus Evangelios o sosteniendo un libro, pero la tradición cristiana desarrolló además un sistema extraordinariamente eficaz para distinguirlos: cada uno quedó asociado con una criatura diferente.

Mateo se representa mediante un hombre o un ángel; Marcos, mediante un león; Lucas, mediante un toro; y Juan, mediante un águila. Estas cuatro figuras forman el llamado Tetramorfos, cuya tradición iconográfica se relaciona con las cuatro criaturas descritas en las visiones de Ezequiel y del Apocalipsis.

Los animales pueden aparecer junto a los evangelistas o incluso sustituirlos completamente. De esta manera, un espectador que conozca el código puede identificar a san Marcos simplemente al encontrar un león, mientras que el águila permite reconocer a san Juan. Una vez más, la iconografía convierte un elemento visual en una forma de identificación.

El Tetramorfos demuestra además que estos códigos pueden tener diferentes niveles de lectura. En un primer nivel permiten reconocer a los cuatro evangelistas; a partir de ahí, conocer el origen y el significado de cada símbolo nos lleva hacia una interpretación más profunda de la imagen.

San Pedro

San Pedro posee uno de los atributos más reconocibles de la iconografía cristiana: las llaves. Su origen se encuentra en el Evangelio de Mateo, cuando Cristo le entrega las llaves del Reino de los Cielos. Por este motivo, pueden aparecer una o varias en las representaciones del apóstol.

Su apariencia también terminó adquiriendo determinados rasgos convencionales. Es habitual encontrarlo representado como un hombre de cierta edad, con barba y cabello corto o parcialmente calvo. Sin embargo, son las llaves las que suelen despejar cualquier duda sobre su identidad.

San Pedro demuestra perfectamente cómo funciona este lenguaje visual. Incluso cuando el espectador desconoce el episodio concreto que está contemplando, reconocer su atributo puede permitirle identificar al personaje y comenzar a reconstruir la escena.

San Juan Bautista

San Juan Bautista posee una de las iconografías más reconocibles del cristianismo. Según los Evangelios, predicó en el desierto y bautizó a Cristo en el río Jordán. Esta vida apartada de la sociedad explica uno de sus rasgos más característicos: suele aparecer vestido con una piel de camello, una referencia directa a la descripción que los textos bíblicos hacen de él.

Otro de sus atributos habituales es una cruz de caña, que puede llevar una filacteria con las palabras Ecce Agnus Dei —«He aquí el Cordero de Dios»—. Precisamente el cordero es otro elemento fundamental para reconocerlo, ya que recuerda las palabras con las que Juan identifica a Cristo en el Evangelio de san Juan. En algunas representaciones, el Bautista incluso aparece señalando al Cordero de Dios, como sucede en la escultura realizada por Juan de Mesa en 1623, conservada en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.

"Juan el Bautista", Juan de Mesa. Museo de BBAA de Sevilla. Fotografía de The guides you need
«Juan el Bautista», Juan de Mesa. Museo de BBAA de Sevilla. Fotografía de The guides you need

Su historia proporciona además algunas de las imágenes más dramáticas del arte cristiano. Después de denunciar el matrimonio de Herodes Antipas con Herodías, Juan fue encarcelado y posteriormente decapitado. Por eso su cabeza puede aparecer representada sobre una bandeja, especialmente en las escenas relacionadas con Salomé.

San Juan Bautista demuestra hasta qué punto la iconografía puede condensar toda una biografía en unos pocos elementos. La piel de camello recuerda su vida en el desierto; el cordero, su relación con Cristo; y la cabeza sobre la bandeja, su martirio. Reconocer estos atributos permite identificar al personaje y, al mismo tiempo, reconstruir algunos de los principales episodios de su historia.

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