Hablar de María Blanchard es hablar de lo difícil que es ser mujer y artista en el Siglo XX. Incluso naciendo en una familia acomodada y contando con un entorno que anima a perseguir una carrera artística. Blanchard fue una mujer de enorme talento e inteligencia prodigiosa que, además, sufría de una discapacidad que limitó su crecimiento y le dolió toda la vida tanto física como mentalmente. Sin embargo, intentó siempre trascender sus límites, tanto prácticos como sociales.
No obstante lo anterior, qué difícil resulta, incluso hoy en día, escribir algo sobre Blanchard que vaya más allá de su género o de su físico; que no filtre o supedite una creadora y su obra a parámetros todavía vinculados a la masculinidad, como la belleza física o la duda sobre su valor artístico, debida a una supuesta influencia de artistas y compañeros hombres. Será más fácil si decimos, simplemente, que María Blanchard fue la primera pintora cubista de España.

Índice
Adiós, España; Hola, París
María Gutiérrez-Cueto Blanchard (María Blanchard) nació en Santander en el seno de una familia burguesa y librepensadora. Se formó en Madrid con Emilio Sala y Fernando Álvarez de Sotomayor, y consiguió ganar en dos ocasiones una beca que le permitió estudiar en la Academia Vitti y en la academia de María Vassilieff de París. Esto sucedió en 1909 y 1912, en la capital francesa conoció a artistas como Anglada Camarasa o Kees van Dongen.
Gómez de la Serna, quien fue su amigo y admirador, dijo de su marcha a Francia: «París ––quizá porque siempre ha sido el tolerante centro de todo lo grande y de todo lo monstruoso–– no la iba a mirar mal y la iba a dejar vivir indiferente a su forma física».
París fue la ciudad que logró otorgar a la artista una idea de libertad deslumbrante y “posible” fuera de su país natal. Allí comenzó su estrecha amistad de más de diez años con Angelina Beloff y Diego Rivera. Con ellos pareja compartía casa, estudio, experimentación cubista y tertulias. Además, María Blanchard entabló relación y colaboración artística con Gris y Lipchitz. Con ellos llegó a formar un grupo experimental ligado al Segundo Cubismo durante los años de la Primera Guerra Mundial.
El adiós a España
En 1916, a pesar de haber obtenido una cátedra de dibujo en Salamanca, abandonó España para siempre para establecerse definitivamente en Francia. Allí fue donde vivió y desarrolló su carrera hasta 1932, año en que falleció a los 51 años. Sobre este hecho, Blanchard escribió que España es una «patria que le había negado el derecho a ser feliz” . Otra de sus citas a este respecto es la siguiente: «Si vais a España escupid sobre la tierra de España y, al regresar, no olvidéis limpiar el polvo de vuestros».
María Blanchard, la gran artista
María Blanchard expuso en galerías de Francia, Bélgica, España e Italia. Desarrolló su vida como pintora profesional y se ganó su «habitación propia» tanto como sus «tres guineas». De hecho, pudo mantenerse a sí misma y a su familia única y exclusivamente gracias a su profesión. Así, resulta incomprensible pensar que una artista que, pese a ser profundamente respetada por sus coetáneos y compañeros, haya sido descrita por la historiografía durante décadas como una mera imitadora de sus compañeros y como “una pintora de tema de niños”.
La historiografía se ha limitado a juzgarla durante años. Con tono paternalista, de ella se dijo: «La señorita Gutiérrez cuando quiere dibujar dibuja admirablemente, según puede apreciarse en su repugnante cuadro titulado Madrid. […] La Señora Gutierrez más bien debería seguir pintando sirenas». También sucedió que, por su aspecto físico, se trataba a María Blanchard como auna menor de edad. La palabra era «contrahecha».
El éxito de María Blanchard
María Blanchard llegó a producir alrededor de 300 obras de una calidad técnica extraordinaria. Para sus contemporáneos, no tuvo un éxito secundario, sino un reconocimiento real en el París de las vanguardias. Su obra saca a la luz una identidad propia y singular dentro del Cubismo, más allá de la visión historiográfica que a menudo la ha invisibilizado. Estudiar su obra implica una revisión objetiva de la historia del arte. Significa apreciar, además de su profunda capacidad técnica, una sinceridad y un sentimiento doloroso y casi violento (como bien dijo Jacques Lipchitz para defenderla en una ocasión) que raramente se encuentran en otros artistas cercanos a ella.
Paradojicamente, su peso artístico, tan auténtico y diferente, sigue definido hoy en día por el eco de aquel escándalo que protagonizó junto a Diego Rivera en la criticada exposición de Los Pintores Íntegros, organizada por Ramón Gómez de la Serna en Madrid en 1915. Aquella muestra, que supuso el primer impacto directo del cubismo en España, generó un rechazo ciego en la época, pero dejó para la historia una definición de Gómez de la Serna que todavía hoy resuena con autenticidad al hablar de ellos: «Son llenos de sí, ponderados, insobornables.»
Insobornable. Nuestra María Blanchard lo fue siempre, y su vida y trayectoria artística se convierten en una respuesta a posteriori a esa famosa frase que le dijo Pablo Picasso: “Pobre María, crees que una carrera se hace solo a base de talento”; Picasso, evidentemente, entendía mucho mejor la realidad de adaptarse y secundar al mercado del arte.
Ni siquiera Lorca abandonaba el tópico
Ni siquiera el genial García Lorca escapaba del tópico. El poeta pronunció en el Ateneo de Madrid en 1932 un discurso en honor de Blanchard. No la había conocido personalmente y, aunque pretendiese elogiarla, habla de lo mismo:
«Cuando yo saqué mi cuartilla para apuntar el nombre de María y el nombre de su caballo me dijeron: «es jorobada..[…]su cuerpo de bufón de ópera. La lucha del ángel y el demonio estaba expresada de manera matemática en tu cuerpo. Si los niños te vieran de espaldas exclamarían: «¡la bruja, ahí va la bruja!”.
Ramón Gómez de la Serna, que realmente quiso a María como verdadero amigo y admirador, dice: «desde sus primeros pasos María se revela deforme», «la humana y espiritual araña, con dengues de niña […]; La mujercita cheposa y con gafas, al ver que el porvenir artístico era lento, pensó opositar a una cátedra de dibujo en provincias.[…] La veíamos en la ciudad de cuestas pronunciadas, subiéndolas como una arañita negra[…]. María, que era fuerte en su catadura».
Lo hizo mediante autopromoción y negociaciones, pero María quiso ser una artista autentica, valiente, sensible y pura. Ella buscó refugio en su arte, que a pesar de cualquier opinión, o tendencia, hoy en día representa la mujer cubista más significativa del S. XX europeo.
Y sin embargo…
Como hace notar Pilar V. de Foronda, es excepcional no encontrar una biografíaque no empiece nombrando su discapacidad de forma condescendiente. María Blanchard padecía de cifoescoliosis con doble desviación de la columna. Esto le impidió crecer, así que no superó los 131 cm.
y que no la relacione a lo que todo el mundo repite como un mantra: “se debió a que su madre sufrió una caída durante el embarazo”. En general en muchos otros casos biografícos, parece que las madres son siempre culpables de algo. Sin embargo, en realidad la enfermedad de María Blanchard era genética. Se debía a un anomalía cromosómica. La primera discriminación no fue la de la discapacidad, sino la de ser mujer.
La depreciaron tanto que, en varias ocasiones, los marchantes de arte decidieron borrar su autoría para vender más. A pesar de la firme y documentada oposición de parte de compañeros y amigos de la artista, se llegaron a vender lienzos de Blanchard firmados como Juan Gris, aprovechando el éxito comercial de su contemporáneo.
Últimos años
María Blanchard no se casó, ni tuvo hijos. Los últimos años de su vida estuvieron marcados por un progresivo aislamiento social y profesional debido a la pérdida de amigos muy queridos. Diego Rivera se marchó a México en 1922 y el relativo alejamiento de Angelina Beloff. A esto se sumaría la muerte de Juan Gris en 1927, que la dejó en un estado de tristeza y depresión muy prolongado. Hubo además un progresivo deterioro de sus condiciones físicas que afectó también su capacidad para trabajar y, por ende, a su situación económica. Dado que mantenía también a una de sus hermanas, Carmen, y sus hijas, esto incrementó su malestar.
Finalmente buscó refugio en la religión católica y en el misticismo. Dicen que sus últimas palabras fueron “si vivo voy a pintar muchas flores”. Y así era María: una artista determinada a intentar hacer siempre lo que quiso hasta al final, a buscar la belleza y lograr su propuesta estética, no obstante las dificultades físicas y económicas, la salud o el dolor.
«Los señorones y los mandamases dicen que las mujeres no tenemos inteligencia ni capacidad para la creación artística porque estamos en el mundo para la reproducción y la crianza de los hijos, que esa es la razón por la que nuestra inteligencia está limitada para acometer acciones más elevadas y de mayor categoría. Es evidente que no es mi caso. Yo no estoy hecha para otra cosa, creo, que no sea dar brochazos a las telas, aunque no he probado otras lides; vete a saber dónde habría terminado si me hubiera cruzado con un altruista y buen mozo; tal vez habría abandonado este oficio porque mi pequeña inteligencia habría sido consumida por la descendencia.»
La obra de María Blanchard en el Reina Sofía
Después de conocer su historia, llega el momento de enfrentarnos directamente a su pintura. El Museo Reina Sofía conserva varias obras de María Blanchard que permiten comprender hasta qué punto fue capaz de desarrollar un lenguaje propio dentro de las vanguardias del primer tercio del siglo XX.
Vamos a detenernos en tres de ellas. No son tres cuadros elegidos al azar: Composición cubista, La comulgante y Mujer con abanico permiten descubrir diferentes momentos de la trayectoria de María Blanchard y, sobre todo, comprobar que su importancia va mucho más allá de su biografía.

Composición cubista
Si quieres entender por qué María Blanchard ocupa un lugar propio dentro del cubismo, empieza por Composición cubista. Realizada entre 1916 y 1919, es un óleo y collage sobre lienzo de grandes dimensiones, 154 x 114 cm, y una de las obras más complejas de su etapa cubista.
Lo primero que llama la atención es que cuesta reconocer qué estamos mirando. No es accidental. Blanchard construye el cuadro mediante planos geométricos de diferentes colores que se superponen y ocultan los objetos representados. Las formas están ahí, pero tenemos que buscarlas entre amarillos, verdes, rosas y naranjas que fragmentan tanto los objetos como el espacio que los rodea.
Desmontar la realidad para volver a construirla
Este es precisamente uno de los juegos fundamentales del cubismo. El objetivo ya no consiste en reproducir la realidad tal y como podría verla un espectador situado delante de ella, sino en desmontarla y reconstruirla sobre una superficie plana. En Composición cubista, María Blanchard lleva este procedimiento tan lejos que la pintura se aproxima por momentos a la abstracción.
Sin embargo, hay un detalle que merece la pena buscar cuando estés delante del cuadro. Entre toda esa geometría aparece una moldura barroca representada de manera mucho más reconocible que los demás elementos. Ese pequeño fragmento funciona casi como un ancla: por mucho que Blanchard descomponga la realidad, nunca llega a abandonarla completamente.
Fíjate en el color
También merece la pena detenerse en el color. Frente a la asociación habitual del primer cubismo con los ocres, grises y tonalidades apagadas, aquí encontramos una combinación mucho más atrevida. El color no se limita a rellenar las formas, sino que contribuye a separarlas, superponerlas y hacer todavía más difícil distinguir dónde termina un objeto y comienza el siguiente.
Es precisamente aquí donde empezamos a encontrar a una María Blanchard que no necesita ser explicada únicamente mediante sus compañeros masculinos. Había aprendido el lenguaje cubista, por supuesto, pero lo utilizaba con una libertad cromática y compositiva que permite reconocer una personalidad artística propia.
La comulgante

La comulgante nos obliga a retroceder algunos años. María Blanchard la pintó en 1914, antes de instalarse definitivamente en París, y nos permite encontrarnos con una artista que todavía no había desarrollado plenamente el lenguaje cubista que acabamos de ver.
El cuadro representa a una niña vestida para recibir la primera comunión. El tema puede parecernos tradicional, pero la manera de resolverlo ya nos conduce hacia una pintura mucho más moderna. La figura adquiere una presencia monumental: el lienzo mide 180 x 124 cm y la niña ocupa buena parte de una composición dominada por su vestido blanco.
Una figura monumental
Aquí todavía reconocemos inmediatamente aquello que estamos mirando. Hay una figura, un cuerpo, un rostro y un espacio comprensibles, pero ya encontramos una clara voluntad de alejarse de una representación estrictamente naturalista. El interés de Blanchard no consiste únicamente en retratar a una niña el día de su primera comunión, sino en construir una imagen capaz de sostenerse mediante la forma, el color y la presencia de la propia figura
La escala contribuye enormemente a conseguirlo. No estamos ante una pequeña escena costumbrista o un retrato íntimo, sino delante de un lienzo de casi dos metros de altura. La niña adquiere así una presencia física que obliga al espectador a enfrentarse directamente con ella.
Antes de la María Blanchard cubista
Hay algo más que resulta especialmente interesante si acabamos de contemplar Composición cubista: La comulgante demuestra que la historia artística de María Blanchard no puede reducirse a una única etiqueta. Entre esta pintura y las grandes composiciones cubistas posteriores existe una transformación enorme.
Precisamente por eso resulta útil observar estas obras juntas en el Reina Sofía. Nos permiten comprender que el cubismo no apareció de repente en su pintura, sino dentro de un proceso mucho más amplio de aprendizaje, experimentación y búsqueda de un lenguaje propio.
Mujer con abanico
Mujer con abanico, realizada entre 1913 y 1915, representa probablemente a una bailarina y constituye una de las obras más ambiciosas de los primeros años de María Blanchard. Aquí volvemos a encontrarnos con una artista dispuesta a experimentar con las nuevas formas de representación que estaban transformando el arte europeo.
La pintura está además relacionada con un episodio que ya conocemos. Blanchard mostró esta producción en la exposición de Los Pintores Íntegros de 1915, organizada por Ramón Gómez de la Serna en Madrid. Podemos regresar ahora a aquel escándalo y entender algo mejor qué clase de imágenes se encontraron quienes acudieron a una exposición que introducía violentamente las nuevas vanguardias en un ambiente artístico todavía poco acostumbrado a ellas.
¿Dónde está la mujer?
Intenta localizar primero a la protagonista. Está ahí, pero María Blanchard ha desmontado su cuerpo y lo ha distribuido a través de diferentes planos. No existe un contorno sencillo que podamos seguir con la mirada desde la cabeza hasta los pies. La figura parece construirse y deshacerse simultáneamente a medida que recorremos el cuadro.

Ese juego obliga al espectador a participar. No basta con mirar pasivamente la escena y reconocer a una mujer: tenemos que reconstruirla mentalmente a partir de las formas que Blanchard ha colocado delante de nosotros. El cubismo deja así de ser simplemente una cuestión de geometría para convertirse también en una forma diferente de mirar.
El abanico y el movimiento
El abanico desempeña un papel especialmente interesante. No es únicamente un objeto que sostiene la protagonista, sino también una forma perfecta para este juego: sus varillas se abren, generan líneas y direcciones diferentes y contribuyen al movimiento de toda la composición.
Y quizás eso sea lo más sorprendente del cuadro. El cubismo puede parecernos a primera vista un lenguaje estático, construido mediante planos y geometrías rígidas. Aquí sucede lo contrario. Los diferentes fragmentos parecen desplazarse unos sobre otros y generan un dinamismo que aproxima algunos elementos de la pintura a las investigaciones que otras vanguardias estaban realizando en aquellos mismos años.
Mujer con abanico nos devuelve así a la María Blanchard que hemos ido descubriendo a lo largo de este artículo: una artista que conocía perfectamente los lenguajes de la vanguardia europea, pero que no se limitó a reproducirlos. Experimentó con ellos, los hizo suyos y construyó una obra suficientemente personal como para que, más de un siglo después, podamos reconocerla por sí misma.
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Después de conocer su historia y detenernos ante algunas de sus obras, queda lo mejor: verlas en persona. María Blanchard es una de las grandes artistas españolas del siglo XX y el Museo Reina Sofía nos permite acercarnos directamente a una pintora fundamental para comprender el cubismo y las vanguardias europeas.
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