El 13 de agosto se conmemora la llegada al poder de Felipe V, el primer Borbón que ocupó el trono español. Nacido como Felipe de Anjou y nieto de Luis XIV, su reinado transformó profundamente la historia de España.
La Guerra de Sucesión Española, su forma autoritaria de ejercer el poder, sus problemas de salud mental y la construcción del Palacio Real marcaron una vida y un reinado todavía controvertidos. En este artículo repasamos quién fue y cuál es su legado.
Índice

¿Quién fue Felipe V?
Felipe V fue el primer rey de la dinastía Borbón en España y uno de los monarcas que más profundamente transformaron la organización política del país. Nació en Versalles en 1683 como Felipe de Anjou y era nieto de Luis XIV de Francia, el célebre Rey Sol. En principio, nada hacía pensar que acabaría gobernando la Monarquía Hispánica.
Su llegada al trono fue consecuencia de uno de los mayores problemas políticos de la Europa de finales del siglo XVII: Carlos II, último monarca español de la Casa de Austria, no tenía descendencia. Su muerte abría la posibilidad de que el enorme conjunto de territorios de la monarquía acabara en manos de alguna de las grandes familias reinantes europeas.
Felipe de Anjou: el nieto de Luis XIV que llegó al trono español
Carlos II murió el 1 de noviembre de 1700. En su último testamento había nombrado heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV y de la infanta española María Teresa de Austria. El joven príncipe francés tenía solo 17 años cuando recibió una herencia que incluía no solo los reinos peninsulares, sino también territorios en Italia, los Países Bajos y el enorme imperio americano.
Felipe aceptó la Corona y pasó a reinar como Felipe V. Su abuelo presentó al nuevo monarca ante la corte francesa en Versalles con una frase que se haría célebre: «Ya no hay Pirineos». Fuera pronunciada exactamente así o posteriormente embellecida, la expresión resume perfectamente uno de los grandes temores de las potencias europeas: que Francia y España quedaran sometidas a los intereses de una misma familia.
De Versalles a España: el comienzo de una nueva dinastía
La llegada de Felipe V significaba mucho más que sustituir a un rey por otro. Después de casi dos siglos de Habsburgo, comenzaba en España una nueva dinastía, los Borbones, estrechamente vinculada a la Francia de Luis XIV y a una concepción mucho más centralizada del poder monárquico.
Pero Felipe de Anjou no recibió pacíficamente su inmensa herencia. Su derecho al trono fue cuestionado y Europa acabó enfrentándose en una guerra que duraría más de una década. Dentro de la propia Monarquía Hispánica, además, el conflicto adquirió características de guerra civil. El resultado permitiría a Felipe V conservar la Corona, pero también le daría la oportunidad de castigar a los territorios que habían combatido contra él y de alterar profundamente su organización política.
Ese conflicto sería la Guerra de Sucesión Española, de la que hablaremos luego.
¿Es verdad que Felipe V se volvió loco?
Hablar de la salud mental de un personaje histórico plantea un problema importante: «loco» no es un diagnóstico médico. Es un término que durante siglos se ha utilizado para agrupar comportamientos y enfermedades muy diferentes y que, además, puede convertir un problema de salud en una descalificación de la persona que lo padece.
En el caso del primer Borbón, sabemos que atravesó periodos de enorme sufrimiento psicológico y que algunas de sus conductas llegaron a dificultar seriamente el ejercicio del poder. Podemos describir esos episodios y analizar sus consecuencias. Lo que resulta mucho más arriesgado es diagnosticar, tres siglos después, exactamente qué enfermedad padecía.
¿Podemos decir que el rey estaba «loco»?
Las fuentes describen periodos de profunda melancolía, aislamiento y abandono personal. El monarca podía pasar largos intervalos recluido, descuidar su higiene y negarse a cambiarse de ropa. También sufrió importantes alteraciones del sueño y llegó a desarrollar horarios completamente invertidos, permaneciendo despierto durante la noche y durmiendo durante buena parte del día.
Algunos testimonios relatan comportamientos todavía más extremos. Durante determinadas crisis aparecieron temores irracionales, ideas obsesivas y una creciente incapacidad para desarrollar con normalidad sus obligaciones. No estamos, por tanto, ante una simple leyenda creada posteriormente alrededor de un rey excéntrico: existieron problemas graves que afectaron a su vida cotidiana y al gobierno de la monarquía.
¿Qué sabemos realmente sobre su salud mental?
Historiadores y especialistas han intentado interpretar estos síntomas utilizando categorías médicas posteriores. Se ha hablado de depresión grave y se han propuesto otros posibles trastornos. Sin embargo, cualquier diagnóstico retrospectivo tiene límites evidentes: no podemos examinar al paciente y dependemos de testimonios escritos en una época que entendía la salud mental de una manera muy diferente a la nuestra.
Por eso es más preciso hablar de crisis, síntomas y comportamientos documentados que afirmar categóricamente que padecía una enfermedad concreta. También debemos evitar otro error: utilizar esos problemas para explicar automáticamente todas sus decisiones políticas.
Una enfermedad no convierte a un rey en tirano
Esta distinción es especialmente importante en un artículo crítico con su reinado. Podemos condenar la supresión de instituciones, la represión de los derrotados o su concepción absolutista de la Corona sin recurrir a su salud mental para desacreditarlo.
Si consideramos tiránicas determinadas actuaciones del monarca, debemos hacerlo por sus decisiones y por sus consecuencias políticas, no porque padeciera una enfermedad. Mezclar ambas cuestiones no solo resulta históricamente pobre: convierte los problemas de salud mental en una explicación fácil para comportamientos autoritarios que deben analizarse políticamente.
Cuando gobernar se convirtió en un problema
Las crisis fueron particularmente graves durante las últimas décadas de su vida. En algunos periodos, la capacidad del soberano para atender los asuntos de Estado quedó profundamente deteriorada. Su segunda esposa, Isabel de Farnesio, adquirió entonces una enorme influencia política y desempeñó un papel fundamental alrededor de una corte obligada a adaptarse a los periodos de incapacidad del rey.
Esta parte de su biografía produce una imagen muy diferente de la habitual del monarca absoluto. El hombre alrededor del cual se había concentrado una enorme autoridad podía encontrarse, paradójicamente, incapacitado para ejercerla con normalidad. Y mientras la salud del rey se deterioraba, Madrid estaba experimentando una transformación que dejaría una de las huellas más visibles de su reinado: la construcción de un nuevo Palacio Real. Volvamos a la Guerra de Sucesión.
Felipe V y la Guerra de Sucesión Española
La llegada de Felipe V al trono no fue aceptada por todas las potencias europeas. El problema no era únicamente quién debía suceder a Carlos II. La Monarquía Hispánica todavía controlaba enormes territorios y existía el temor de que la llegada de un nieto de Luis XIV alterase definitivamente el equilibrio de poder en Europa.
Frente al candidato borbónico apareció el archiduque Carlos de Austria, hijo del emperador Leopoldo I. Inglaterra, las Provincias Unidas y el Sacro Imperio apoyaron sus pretensiones, mientras Francia respaldaba a Felipe. En 1701 comenzó así la Guerra de Sucesión Española, un conflicto internacional que pronto se convirtió también en una guerra dentro de los propios territorios de la monarquía.
¿Por qué comenzó la Guerra de Sucesión Española?
La cuestión sucesoria escondía un problema mucho mayor. Si Felipe conservaba sus derechos sobre la Corona francesa mientras ocupaba el trono español, podía llegar a producirse una unión de ambas monarquías bajo la Casa de Borbón. Para las demás potencias europeas, semejante concentración de poder resultaba inaceptable.

Pero reducir la guerra a Francia contra el resto de Europa tampoco permite entender lo sucedido en España. La Corona de Castilla respaldó mayoritariamente a Felipe V, mientras que buena parte de los territorios de la Corona de Aragón terminaron apoyando al archiduque Carlos. Las razones fueron diversas, pero entre ellas se encontraba el temor a que la nueva dinastía borbónica amenazara sus leyes, privilegios e instituciones propias.
Felipe V contra el archiduque Carlos
La guerra se prolongó durante más de una década y tuvo escenarios desde la península ibérica hasta Italia, Flandes o Alemania. En España hubo victorias y derrotas para ambos candidatos. Uno de los momentos decisivos llegó con la batalla de Almansa de 1707, en la que las fuerzas borbónicas derrotaron al ejército aliado.
Felipe V aprovechó la victoria no solo para afianzar su posición militar. También comenzó a transformar políticamente los territorios derrotados. Ese mismo año promulgó los primeros Decretos de Nueva Planta, que abolieron los fueros e instituciones de los reinos de Valencia y Aragón. La guerra estaba sirviendo al nuevo monarca para construir una Corona más centralizada y para castigar a quienes habían respaldado a su rival.
Barcelona, 1714: la victoria definitiva de los Borbones
La situación internacional cambió cuando el archiduque Carlos heredó en 1711 los dominios de los Habsburgo y se convirtió posteriormente en emperador. Las potencias que lo apoyaban tampoco deseaban que una misma persona concentrara el poder imperial y la Monarquía Hispánica. La posibilidad de alcanzar un acuerdo comenzó entonces a imponerse.
Los tratados de Utrecht de 1713 reconocieron a Felipe V como rey de España a cambio, entre otras condiciones, de su renuncia a cualquier derecho sobre la Corona francesa. España perdió además importantes territorios europeos. Sin embargo, la guerra continuó en Cataluña. Barcelona resistió hasta el 11 de septiembre de 1714, cuando las tropas borbónicas tomaron la ciudad después de un largo asedio.
La victoria permitió a Felipe V extender posteriormente la Nueva Planta a Cataluña y Mallorca. Instituciones históricas fueron abolidas y la autoridad de la Corona quedó reforzada. El primer Borbón había conseguido conservar su trono, pero no se limitó a ganar una guerra: utilizó la derrota de sus adversarios para imponer un nuevo orden político. Ese aspecto de su reinado resulta fundamental para responder a una pregunta mucho más incómoda: ¿podemos considerar a Felipe V un tirano?
¿Fue el primer Borbón un tirano?
La palabra tirano es fuerte, pero no por ello debemos evitarla. Si entendemos la tiranía como el ejercicio de un poder que reduce los límites institucionales del monarca, reprime a sus adversarios y utiliza la victoria militar para eliminar los mecanismos políticos que podían frenar su autoridad, existen motivos para aplicar el término al reinado de Felipe V.
Esto no significa que antes de 1700 España fuese una monarquía democrática. Evidentemente, no lo era. Los Austrias también gobernaron una monarquía autoritaria y defendieron con firmeza sus prerrogativas. Sin embargo, el poder real convivía con distintos ordenamientos jurídicos, Cortes, fueros e instituciones territoriales. La llegada de los Borbones alteró profundamente ese equilibrio.
Los Decretos de Nueva Planta: el castigo a los territorios derrotados
La Guerra de Sucesión proporcionó al rey una oportunidad para imponer esa transformación. Tras la victoria borbónica en Almansa, los reinos de Valencia y Aragón perdieron buena parte de sus instituciones mediante los Decretos de Nueva Planta de 1707. El propio decreto justificaba la medida aludiendo al delito de rebelión cometido por aquellos territorios y, de manera especialmente reveladora, al «derecho de conquista» adquirido por las armas.
No se trataba únicamente de reorganizar la administración para hacerla más eficiente. Existía una dimensión claramente punitiva: quienes habían apoyado al archiduque Carlos sufrían las consecuencias políticas de la derrota. La Nueva Planta avanzó después sobre Cataluña y Mallorca, mientras que Navarra y los territorios vascos, que habían permanecido fieles al Borbón, conservaron sus fueros.
Una monarquía con menos límites
El resultado fue una transformación sustancial de la estructura política heredada de los Austrias. La Corona de Aragón había estado formada por territorios con sus propias leyes e instituciones, y el monarca debía gobernar teniendo en cuenta esa pluralidad. Tras la guerra, una parte considerable de esas estructuras desapareció y aumentó la capacidad de intervención de la Corona.
Sería simplificador afirmar que el nuevo sistema convirtió inmediatamente España en un Estado completamente uniforme. Persistieron diferencias jurídicas y administrativas importantes. Pero la dirección política resulta clara: el poder se concentró más alrededor del rey y de una administración vinculada a la Corona.
Absolutismo, represión y derecho de conquista
Es precisamente aquí donde la palabra «tirano» adquiere sentido como juicio político. No porque el primer Borbón fuese excepcionalmente autoritario comparado con todos los soberanos europeos de su época, sino porque utilizó una victoria militar para privar a territorios derrotados de instituciones que hasta entonces habían limitado y negociado el ejercicio del poder real.
También conviene distinguir entre dos cuestiones. Una cosa es explicar el contexto del absolutismo europeo del siglo XVIII y otra convertir ese contexto en una justificación. Que otros monarcas gobernasen de manera autoritaria no vuelve menos autoritarias estas decisiones.
La victoria en la Guerra de Sucesión aseguró la Corona a la nueva dinastía. También permitió al vencedor castigar políticamente a quienes se habían opuesto a él y construir una monarquía más centralizada. Ese es uno de los elementos más controvertidos de su legado y una de las principales razones por las que su figura continúa provocando debates tres siglos después.
Felipe V y el Palacio Real de Madrid

Una de las consecuencias más visibles del cambio dinástico todavía ocupa hoy el centro de Madrid. El Palacio Real que conocemos no existía cuando el primer Borbón llegó a España. En su lugar se encontraba el Real Alcázar, una antigua fortaleza medieval transformada durante siglos hasta convertirse en residencia de los monarcas españoles.
Todo cambió durante la Nochebuena de 1734. Un incendio comenzó en el Alcázar y se prolongó durante varios días, destruyendo buena parte del edificio. También se perdieron numerosas obras de arte, aunque muchas otras pudieron salvarse: entre ellas, Las meninas de Velázquez.
Una de las consecuencias más visibles del cambio dinástico todavía ocupa hoy el centro de Madrid. El Palacio Real que conocemos no existía cuando el primer Borbón llegó a España. En su lugar se encontraba el Real Alcázar, una antigua fortaleza medieval transformada durante siglos hasta convertirse en residencia de los monarcas españoles.
Todo cambió durante la Nochebuena de 1734. Un incendio comenzó en el Alcázar y se prolongó durante varios días, destruyendo buena parte del edificio. También se perdieron numerosas obras de arte, aunque muchas otras pudieron salvarse: entre ellas, Las meninas de Velázquez.
El incendio del Alcázar de Madrid
El desastre ofrecía la posibilidad de reconstruir el antiguo edificio. Sin embargo, la nueva dinastía optó por una solución mucho más ambiciosa: levantar una residencia completamente nueva sobre el mismo emplazamiento.
El proyecto encajaba perfectamente con una monarquía que quería expresar su poder también mediante la arquitectura. Para diseñarlo se recurrió inicialmente al arquitecto italiano Filippo Juvarra, que concibió un palacio monumental de dimensiones extraordinarias. Su propuesta tuvo que ser modificada y, tras su muerte, Giovanni Battista Sacchetti desarrolló el proyecto que finalmente comenzó a construirse en 1738.
Un nuevo palacio para una nueva dinastía
El edificio no debe entenderse únicamente como una residencia. Los palacios reales europeos eran también representaciones del poder. La escala de sus fachadas, la sucesión de salones, los espacios ceremoniales y su decoración comunicaban la posición que el soberano ocupaba dentro del orden político.
El nuevo Palacio Real nacía precisamente durante el proceso de consolidación de la dinastía borbónica. Resulta difícil separar su monumentalidad del modelo de monarquía que se estaba construyendo durante aquellas décadas: una Corona fortalecida después de la Guerra de Sucesión y deseosa de proyectar una imagen acorde con su autoridad.

El rey que nunca llegó a vivir en su nuevo palacio
Aquí aparece una de las grandes ironías de su biografía. Felipe V ordenó construir el actual Palacio Real, pero nunca llegó a habitarlo. Murió en 1746, cuando las obras todavía estaban lejos de concluir.
Tampoco sería su sucesor inmediato, Fernando VI, quien lo estrenara. El primer monarca que se instaló en el nuevo edificio fue Carlos III, que ocupó el palacio en 1764, tres décadas después del incendio que había provocado su construcción.
De esta manera, uno de los monumentos más reconocibles del Madrid actual constituye también parte del legado del primer Borbón. Un rey nacido en Versalles, que nunca pudo pasear por los salones terminados del edificio que había mandado levantar, dejó detrás de sí el proyecto de la que terminaría convirtiéndose en la gran residencia monumental de la monarquía española.
¿Cuál fue el legado de Felipe V?
Como decíamos antes, es inevitable hablar de los Decretos de Nueva Planta y del carácter tiránico de su gobierno cuando analizamos el legado de Felipe V. La supresión de instituciones de los territorios derrotados y la concentración del poder forman parte fundamental de lo que dejó tras de sí.
Sin embargo, resulta difícil reducir más de cuatro décadas de reinado —con la breve interrupción de Luis I— únicamente a estos acontecimientos. Durante este periodo, España modificó su posición en Europa, estrenó una nueva dinastía y vio aparecer instituciones destinadas a sobrevivir durante siglos. Su legado fue también administrativo, internacional, cultural y dinástico, y algunas de sus consecuencias llegan hasta nuestros días.
Reformas más allá de la Nueva Planta
Los cambios también alcanzaron a la administración, el ejército, la Hacienda y las relaciones entre la Corona y sus territorios americanos. Durante estas décadas comenzó un proceso de reorganización que continuarían otros monarcas borbónicos a lo largo del siglo XVIII.
Su reinado estuvo acompañado, además, por la creación o consolidación de instituciones culturales que todavía existen. Entre ellas se encuentra la Real Academia Española, fundada en 1713 y puesta bajo protección real poco después. La nueva monarquía comprendió que reforzar su posición no consistía únicamente en controlar territorios: también implicaba construir instituciones capaces de proyectar una determinada idea de Estado y de cultura.
En conclusión
Tres siglos después, la figura del primer Borbón continúa siendo conflictiva porque su victoria tuvo significados muy diferentes dependiendo del territorio desde el que se observe. Para la nueva dinastía significó la consolidación de su poder. Para quienes habían defendido al archiduque Carlos, la derrota pudo significar represión, pérdida de instituciones y sometimiento a un nuevo orden político.
Ese contraste impide reducir su reinado a la imagen de un simple «modernizador». Hubo reformas administrativas y culturales importantes, pero convivieron con el absolutismo, la centralización y el ejercicio autoritario del poder. Reconocer unas no exige minimizar las otras.
Y existe una última consecuencia que conecta aquel cambio dinástico de comienzos del siglo XVIII directamente con nuestro presente: la Casa de Borbón continúa ocupando el trono español. El príncipe francés que llegó desde Versalles no solo inauguró una nueva etapa de la monarquía. Fundó la dinastía a la que pertenece el actual rey de España.
Conoce la historia de Madrid con The Guides You Need
La historia de Felipe V sigue presente en Madrid. El ejemplo más evidente es el Palacio Real, cuya construcción comenzó durante su reinado después del incendio del antiguo Alcázar. En The Guides You Need realizamos visitas guiadas en grupos reducidos para conocer no solo sus grandes salones y obras de arte, sino también las historias de los monarcas que explican el edificio que vemos hoy.
Pero Madrid permite continuar este recorrido mucho más allá del palacio. También ofrecemos visitas guiadas al Museo del Prado, Museo Reina Sofía y Museo Thyssen, tres colecciones desde las que podemos acercarnos a otros momentos fundamentales de la historia y del arte español y europeo.
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