3 pintoras españolas brillantes en el Museo Reina Sofía

Introducción: las pintoras españolas fueron más importantes de lo que se reconoció

Las pintoras españolas tuvieron un papel mucho más importante en el arte del siglo XX de lo que durante décadas se reconoció. Cuando pensamos en las grandes figuras de la pintura española de este periodo, suelen aparecer inmediatamente Picasso, Dalí, Miró o Juan Gris. Sin embargo, junto a ellos trabajaron varias artistas que participaron activamente en las vanguardias, expusieron en algunos de los principales centros culturales europeos y desarrollaron lenguajes artísticos completamente propios.

El Museo Reina Sofía es uno de los mejores lugares para acercarse a algunas de estas pintoras españolas. Su colección permite seguir la evolución del arte español desde las primeras vanguardias hasta buena parte del siglo XX y, dentro de ese recorrido, encontramos obras de mujeres que ocuparon un lugar relevante en la renovación artística de su tiempo. Sus trayectorias fueron muy distintas y no todas recibieron el mismo reconocimiento mientras estaban vivas, pero hoy resulta difícil explicar algunos de los movimientos fundamentales de la pintura española sin tenerlas en cuenta.

En este artículo vamos a centrarnos en tres nombres: María Blanchard, Maruja Mallo y Ángeles Santos. ¿Qué pintaban las pintoras españolas? ¿De dónde venían las pintoras españolas? ¿Qué marcó la trayectoria de estas pintoras españolas? ¿Cuáles son las obras clave de estas pintoras españolas? En este artículo, tratamos de responder a esas preguntas con el Reina Sofía de fondo, ¿Es pintoras españolas la palabra clave del texto? ¿Usted qué cree? ¿Forma usted parte de las pintoras españolas? ¡Ay, SEO de nuestro corazón y del corazón de las pintoras españolas!

1. María Blanchard

María Blanchard nació en Santander en 1881, el mismo año que Pablo Picasso, y hoy está considerada una de las figuras más importantes de las primeras vanguardias, por lo tanto, es una de las pintoras españolas universales. Su nombre está especialmente ligado al cubismo, un movimiento en el que participó directamente durante sus años en París y en el que desarrolló algunas de las obras más interesantes de su carrera.

Su camino hasta allí había comenzado en España. Blanchard se trasladó a Madrid en 1903 para formarse como pintora y estudió con artistas como Emilio Sala y Manuel Benedito. En 1909 obtuvo una beca de la Diputación de Santander que le permitió continuar su formación en París. El viaje resultaría fundamental.

El contacto con otros artistas

Durante sus diferentes estancias en París, Blanchard entró en contacto con algunos de los artistas que estaban transformando la pintura europea. Conoció a Diego Rivera y, posteriormente, se relacionó con figuras fundamentales del cubismo como Juan Gris, Jean Metzinger y Jacques Lipchitz. Su amistad con Juan Gris fue especialmente estrecha y ambos compartieron inquietudes artísticas durante algunos de los años fundamentales para el desarrollo del movimiento.

Este contexto resulta importante para entender su verdadera dimensión. María Blanchard no fue una pintora que conociera el cubismo una vez que este movimiento ya se había consolidado, sino que trabajó en París junto a algunos de sus protagonistas. Entre las pintoras españolas de su generación, su participación directa en las vanguardias internacionales hace de ella un caso especialmente interesante.

Su trayectoria, sin embargo, estuvo marcada por dificultades que iban mucho más allá de la pintura. Como decimos en el artículo que le hemos dedicado, Blanchard sufría una discapacidad física de nacimiento que condicionó profundamente su vida y la manera en la que fue tratada por quienes la rodeaban. A ello debemos añadir las dificultades que encontraba una mujer que pretendiera desarrollar una carrera artística profesional en las primeras décadas del siglo XX.

La mudanza definitiva a París

En 1916 se instaló definitivamente en París. Allí desarrolló la etapa fundamental de su producción cubista y consiguió hacerse un lugar dentro de los círculos artísticos de la ciudad. Con el paso del tiempo, sin embargo, su pintura evolucionó hacia posiciones más figurativas. Por eso, aunque hoy sea uno de los nombres fundamentales cuando hablamos de cubismo y pintoras españolas, reducir toda su trayectoria a este movimiento supone dejar fuera una parte importante de su producción.

María Blanchard murió en París en 1932, con cincuenta y un años. Su reconocimiento posterior ha sido irregular, pero en las últimas décadas su figura ha ocupado un espacio cada vez mayor en el estudio de las vanguardias. El Museo Reina Sofía resulta fundamental en este proceso, tanto por las obras que conserva como por el lugar que concede actualmente a Blanchard dentro del relato del arte español del siglo XX.

La obra de Blanchard en el Reina Sofía

El Museo Reina Sofía conserva actualmente quince obras de María Blanchard, una colección que permite conocer diferentes momentos de su trayectoria. Entre ellas encontramos pinturas como Mujer con guitarra, La convaleciente, Niña orante, Campesina o La bretona. Su presencia en la colección es crucial para entender el contexto de las pintoras españolas en las vanguardias de comienzos del siglo XX.

Si queremos acercarnos a la Blanchard más vinculada a aquellos movimientos, hay tres obras especialmente interesantes: La comulgante, Mujer con abanico y Composición cubista. Las tres permiten observar la enorme transformación que experimentó su pintura en apenas unos años y ayudan a entender por qué ocupa un lugar tan destacado entre las pintoras españolas de su generación.

La comulgante

La primera de ellas es La comulgante, pintada en 1914. Se trata de un enorme óleo de 180 centímetros de altura en el que aparece una joven vestida para recibir la primera comunión. La obra pertenece todavía a un momento anterior a la plena etapa cubista de Blanchard y resulta especialmente interesante si después la comparamos con sus pinturas posteriores. En pocos años, su manera de construir las figuras y el espacio iba a transformarse radicalmente.

La historia del cuadro también nos permite regresar por un momento a España. Blanchard mostró esta obra en Madrid en 1915 dentro de la exposición Los pintores íntegros, una muestra que introdujo las nuevas tendencias de vanguardia en la capital. Su recepción estuvo acompañada de una considerable polémica, algo que nos ayuda a comprender el contexto artístico al que se enfrentaban las pintoras españolas interesadas en las nuevas corrientes que estaban desarrollándose en Europa.

Composición cubista. María Blanchard. Museo Reina Sofía, TGYN

Composición cubista

Ya instalada definitivamente en París encontramos Composición cubista, fechada entre 1916 y 1919. Aquí el salto es evidente. Los objetos prácticamente desaparecen entre planos geométricos de diferentes colores y el espectador tiene que detenerse para intentar reconstruir aquello que está viendo. Blanchard se aproxima enormemente a la abstracción, aunque mantiene elementos reconocibles que permiten conservar el vínculo con la realidad.

Las tres pinturas permiten seguir, casi paso a paso, una transformación artística extraordinaria. Pasamos de la figura monumental de La comulgante a la fragmentación de Mujer con abanico y finalmente a la complejidad de Composición cubista. El recorrido demuestra que Blanchard no fue simplemente una artista española que conoció las vanguardias parisinas: formó parte de ellas. Precisamente por eso su figura resulta imprescindible cuando hablamos de pintoras españolas y cubismo.

Además, estas obras permiten introducir una cuestión que aparecerá también cuando hablemos de Maruja Mallo y Ángeles Santos. No existe una única historia de las pintoras españolas del siglo XX. Sus estilos, circunstancias y relaciones con las vanguardias fueron muy diferentes.

En el caso de María Blanchard, el Reina Sofía nos permite contemplar directamente cómo una artista formada inicialmente dentro de la tradición académica terminó participando en uno de los movimientos que cambiaron para siempre la pintura europea.

2. Maruja Mallo

Si María Blanchard nos llevaba al París de las vanguardias, con Maruja Mallo regresamos al Madrid de los años veinte y treinta. Nacida en Viveiro, Lugo, en 1902, Mallo fue una de las pintoras españolas más estrechamente relacionadas con la renovación cultural que se produjo en España antes de la Guerra Civil. Pintura, literatura y poesía se cruzan constantemente en su biografía, hasta el punto de que resulta difícil hablar de ella sin encontrarnos con algunos de los grandes nombres de la cultura española de aquellos años.

En 1922 se trasladó a Madrid y comenzó sus estudios en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Allí conoció a Salvador Dalí y entró progresivamente en contacto con el ambiente de la Residencia de Estudiantes y la Generación del 27. Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luis Buñuel o Concha Méndez formaron parte, en diferentes momentos, de aquel entorno. Mallo no fue simplemente una acompañante de estos artistas y escritores: desarrolló una carrera propia y participó activamente en la transformación de la cultura española.

Su nombre, además de a las pintoras españolas, está también inevitablemente asociado a Las Sinsombrero, denominación con la que hoy conocemos a un grupo de mujeres vinculadas a la Generación del 27 cuya importancia quedó durante décadas oscurecida frente a la de sus compañeros varones. Entre ellas encontramos a creadoras como Margarita Manso, Concha Méndez, María Teresa León o la propia Maruja Mallo. El nombre procede del conocido gesto de quitarse el sombrero en público, algo que en el Madrid de la época podía convertirse en una pequeña provocación contra las convenciones sociales.

La personalidad de Mallo encajaba perfectamente en aquel ambiente. Pero sería un error reducirla a la anécdota, a su carácter transgresor o a las personas célebres que conoció. Entre las pintoras españolas de su generación, Mallo desarrolló uno de los lenguajes más reconocibles, pasando por etapas muy diferentes y mostrando un enorme interés por las nuevas formas de representación que estaban apareciendo en Europa.

La exposición en los salones de la Revista de Occidente

En 1928, se produjo un hito significativo en su trayectoria profesional, ya que José Ortega y Gasset realizó una exposición de sus obras en los salones de la Revista de Occidente. A la edad de veinticinco años, Mallo vio cómo esta muestra jugó un papel crucial en afianzar su reputación en la vanguardia de Madrid. Sus primeras creaciones reflejan un vibrante dinamismo, con escenas de festividades populares, verbenas y figuras que parecen encapsular la energía de Madrid en esa época.

Su pintura, sin embargo, pronto experimentó una transformación considerable. Frente al colorido y el dinamismo de las primeras composiciones, a finales de los años veinte comenzó a interesarse por paisajes más oscuros y por elementos como esqueletos, residuos, piedras o materias orgánicas. De este periodo procede la serie Cloacas y campanarios, una de las etapas más características de su producción y que permite acercar su obra a algunas de las preocupaciones del surrealismo.

En 1932 consiguió una beca de la Junta para Ampliación de Estudios que le permitió viajar a París. Allí entró en contacto con el ambiente surrealista y conoció a figuras como André Breton. Su estancia francesa confirmó algo que ya podía observarse en su trayectoria madrileña: Mallo formaba parte de una generación de pintoras españolas que estaba plenamente conectada con las transformaciones que se estaban produciendo en el arte europeo.

La Guerra Civil alteró completamente su trayectoria. En 1937 viajó a Buenos Aires y comenzó un largo exilio que se prolongaría durante más de dos décadas. Argentina se convirtió en uno de los principales escenarios de su carrera, aunque también viajó y expuso en otros países de América. Durante aquellos años su pintura volvió a transformarse y aparecieron nuevos intereses relacionados con la naturaleza, la geometría y la figura humana.

El regreso de Maruja Mallo a España

Maruja Mallo regresó definitivamente a España en 1962. El país al que volvía era muy diferente del que había abandonado y su nombre había perdido buena parte de la notoriedad que había alcanzado antes de la guerra. Con el tiempo, sin embargo, su obra comenzó a ser recuperada y su posición entre las pintoras españolas del siglo XX fue objeto de una revisión cada vez mayor. En 1982 recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y continuó recibiendo reconocimientos durante los últimos años de su vida. Murió en Madrid en 1995, a los noventa y tres años.

Su larguísima trayectoria nos obliga, por tanto, a no quedarnos únicamente con «una de las jóvenes pintoras españolas» del 27, ni con la imagen de una mujer que desafiaba las convenciones del Madrid de los años veinte. Mallo trabajó durante décadas y atravesó contextos políticos, países y lenguajes artísticos muy diferentes. Entre las pintoras españolas presentes en el Museo Reina Sofía, pocas permiten observar de una manera tan clara las rupturas que marcaron la historia cultural española del siglo XX.

Su obra en el Museo Reina Sofía

El Museo Reina Sofía conserva actualmente 22 obras de Maruja Mallo, una presencia considerable que permite seguir diferentes etapas de una carrera que se prolongó durante más de medio siglo. (Museo Reina Sofía) Sin embargo, para comprender la importancia de Mallo entre las pintoras españolas del siglo XX hay tres pinturas especialmente interesantes: La verbena, Antro de fósiles y Tierra y excrementos. Las tres pertenecen a los años anteriores a la Guerra Civil y permiten comprobar hasta qué punto cambió su pintura en un periodo muy breve.

Verbena. Maruja Mallo. Museo Reina Sofía. TGYN

La verbena

La verbena, realizada en 1927, pertenece a una serie dedicada a las fiestas populares madrileñas. Un año después formó parte de la exposición individual que José Ortega y Gasset organizó para Mallo en los salones de la Revista de Occidente. La escena parece, a primera vista, una celebración llena de movimiento y color, pero basta detenerse unos segundos para descubrir que estamos ante algo bastante más extraño. Personajes, atracciones y objetos se amontonan en un espacio en el que resulta difícil encontrar un punto de reposo.

En el cuadro aparecen algunos elementos reconocibles de las verbenas madrileñas, como el juego del pim-pam-pum o la máquina utilizada para medir la fuerza. Junto a ellos encontramos personajes mucho menos convencionales: un gigante con un solo ojo, un fraile subido a una atracción o una figura que pide limosna con una guitarra a la espalda. El resultado es una visión deliberadamente exagerada y satírica de la fiesta popular.

Tierra y excrementos

Esta evolución continúa en Tierra y excrementos, realizada en 1932. El propio título ya nos advierte de que hemos dejado muy atrás el mundo festivo de las verbenas. Aquí la materia y la tierra se convierten en protagonistas de una composición dominada por tonalidades apagadas. La obra se relaciona con el denominado surrealismo telúrico y con la cercanía de Mallo a la Escuela de Vallecas, especialmente a Alberto Sánchez y Benjamín Palencia. (Museo Reina Sofía)

Ver estas obras juntas permite desmontar además una imagen demasiado sencilla de Maruja Mallo. No estamos únicamente ante la pintora alegre, excéntrica y transgresora que tantas veces aparece cuando se habla de Las Sinsombrero. Su pintura podía pasar en muy pocos años de la energía casi desbordante de una fiesta madrileña a un paisaje construido con huesos, residuos y materia en descomposición. Esa capacidad de transformación es precisamente una de las razones por las que ocupa un lugar fundamental entre las pintoras españolas vinculadas a las vanguardias.

Además, estas tres pinturas pueden verse actualmente en la colección permanente: La verbena se encuentra en la sala 205.06, Tierra y excrementos en la 205.07 y Antro de fósiles en la 205.14. Para quien visite el Reina Sofía, constituyen un recorrido especialmente interesante: tres obras realizadas entre 1927 y 1932 bastan para comprobar la velocidad con la que evolucionó una de las pintoras españolas más originales de su generación.

3. Ángeles Santos

Ángeles Santos nació en Portbou, Girona, en 1911. De las tres pintoras españolas que hemos elegido para este artículo, es probablemente la que protagonizó una irrupción más sorprendente en el panorama artístico. Algunas de las obras que terminarían definiendo su carrera fueron realizadas cuando todavía no había cumplido los veinte años y vivía en Valladolid, lejos de los principales centros de las vanguardias europeas.

Su familia se trasladaba con frecuencia debido al trabajo de su padre, funcionario de aduanas, hasta que finalmente se instaló en Valladolid en 1927. Allí Ángeles comenzó a recibir clases de pintura y a desarrollar una vocación que había aparecido algunos años antes. Su formación artística era todavía muy limitada cuando empezó a pintar las obras que llamaron la atención de artistas, escritores y críticos. A diferencia de María Blanchard o Maruja Mallo, no necesitó inicialmente París ni los ambientes de la vanguardia madrileña para producir una pintura radicalmente moderna.

Un mundo, su genial presentación

El año fundamental fue 1929. Ángeles Santos tenía apenas diecisiete años cuando pintó Un mundo, un enorme lienzo de aproximadamente tres metros por tres metros que presentó ese mismo año en el IX Salón de Otoño de Madrid. La obra causó una enorme impresión y convirtió de repente a una adolescente prácticamente desconocida en uno de los nombres de los que hablaba el ambiente cultural madrileño. Ramón Gómez de la Serna, Jorge Guillén y Federico García Lorca estuvieron entre quienes se interesaron por aquella jovencísima artista.

Este episodio hace de Santos un caso extraordinario entre las pintoras españolas del siglo XX. Su éxito no llegó después de décadas de trabajo ni tras integrarse en alguno de los grandes movimientos europeos. Llegó prácticamente al comienzo de su carrera. La propia escala de Un mundo resulta sorprendente: para poder realizar una pintura de aquellas dimensiones fue necesario unir varios lienzos, pues la artista no disponía de un estudio preparado para trabajar con semejante formato.

A pesar de su juventud, Santos se convierte en una de las pintoras españolas más reputadas por su conocimiento de las nuevas tendencias artísticas a través de libros, revistas y reproducciones. Entre sus referencias tuvieron especial importancia las imágenes de la Nueva Objetividad alemana y artistas como Franz Roh, cuyo libro Realismo mágico. Post expresionismo había sido traducido al español por la Revista de Occidente en 1927. Este contacto indirecto con el arte europeo ayuda a explicar algunos rasgos de sus primeras pinturas, aunque el universo que construyó en ellas resulta profundamente personal.

Precisamente por eso conviene no encerrar su producción juvenil dentro de una sola etiqueta. En sus cuadros de aquellos años encontramos elementos relacionados con el surrealismo, el expresionismo y la Nueva Objetividad, pero también una imaginación difícil de reducir a cualquiera de esos movimientos. Santos desarrolló escenas inquietantes, figuras de apariencia casi inmóvil y espacios en los que lo cotidiano podía transformarse rápidamente en algo extraño.

A partir de los años 30

Tras el enorme impacto de sus primeras exposiciones, su trayectoria experimentó importantes cambios durante la década de 1930. En 1933 se trasladó a Barcelona y allí conoció al pintor e ilustrador Emili Grau Sala, con quien se casó en 1936. Su pintura fue alejándose progresivamente del carácter enigmático de sus primeras obras y evolucionó hacia una figuración más convencional, con especial presencia del retrato, el paisaje y los interiores.

Este cambio explica en parte una paradoja que acompaña a Ángeles Santos. Vivió más de un siglo —murió en Madrid en 2013, a los 101 años— y mantuvo una trayectoria artística enormemente extensa, pero buena parte de su reconocimiento actual descansa sobre las pinturas que realizó siendo muy joven. Entre las pintoras españolas del siglo XX resulta difícil encontrar otro ejemplo en el que unas pocas obras juveniles hayan adquirido semejante importancia dentro de la historia del arte español.

Durante las últimas décadas de su vida, su figura fue objeto de una importante recuperación crítica. Exposiciones y estudios volvieron a situar el foco sobre aquella extraordinaria etapa inicial y permitieron reconsiderar su posición dentro de las vanguardias españolas. El Museo Reina Sofía ocupa un lugar fundamental en esa recuperación, especialmente porque conserva las dos pinturas que mejor permiten comprender aquel momento: Un mundo y Tertulia. Con ellas terminaremos nuestro recorrido por estas tres pintoras españolas y, sobre todo, podremos comprobar hasta dónde llegó la imaginación de una artista que todavía era adolescente cuando las pintó.

Su obra en el Museo Reina Sofía

El Museo Reina Sofía conserva varias obras de Ángeles Santos, pero hay dos que destacan claramente sobre las demás: Un mundo y Tertulia. Ambas fueron pintadas en Valladolid en 1929, cuando la artista tenía solo diecisiete años, y actualmente se encuentran expuestas en la misma sala del museo. Resulta difícil encontrar entre las pintoras españolas del siglo XX otro caso en el que dos obras realizadas a una edad tan temprana hayan terminado ocupando un lugar semejante en la historia del arte español y de las pintoras españolas en particular.

Un mundo, el cuadro que le cambió la vida

Empecemos por Un mundo. Y aquí el título debe entenderse literalmente: Ángeles Santos no representa un paisaje concreto, sino que imagina un planeta entero. La Tierra aparece convertida en una especie de gran cubo irregular suspendido en el espacio, rodeado por figuras femeninas, estrellas y otros cuerpos celestes. Sobre sus diferentes caras encontramos ciudades, edificios, carreteras, cementerios, trenes, campos y diminutas figuras humanas. Todo parece contemplado simultáneamente desde una perspectiva imposible.

También sorprende el tamaño. Un mundo mide 290 por 310 centímetros, unas dimensiones extraordinarias para una pintura realizada por una artista que trabajaba en Valladolid y que todavía no conocía directamente las vanguardias europeas. Santos construyó aquel universo a partir de lo que tenía a su alcance: su entorno inmediato, libros y publicaciones sobre el nuevo arte europeo. Entre estas referencias tuvo especial importancia Realismo mágico. Post expresionismo, de Franz Roh, cuyas ilustraciones le permitieron conocer obras de Joan Miró y de artistas relacionados con la Nueva Objetividad alemana. (Museo Reina Sofía)

La pintura fue presentada en el Salón de Otoño de Madrid de 1929 y causó una enorme impresión. De repente, una joven prácticamente desconocida estaba presentando una obra monumental ante algunos de los principales intelectuales de la época. Ese contexto explica buena parte de la fascinación que todavía produce Un mundo: no estamos contemplando la culminación de una carrera, sino una obra realizada prácticamente al comienzo de ella. El propio Reina Sofía la considera actualmente una de las piezas clave de su colección. (Museo Reina Sofía)

Tertulia

Pero en aquel mismo 1929 Santos realizó una pintura completamente diferente. Tertulia mide 130 por 193 centímetros y presenta a cuatro mujeres reunidas en un interior. El título resulta casi irónico. En una tertulia esperaríamos conversación, intercambio de ideas y miradas que se cruzan; aquí ocurre justamente lo contrario. Las cuatro mujeres parecen aisladas unas de otras, no se miran y el espacio resulta cerrado e incluso claustrofóbico. La propia Santos relacionaría posteriormente estas figuras con la soledad y el aislamiento.

Hay, además, otro elemento especialmente interesante. Las protagonistas muestran rasgos asociados a la nueva mujer de las décadas de 1920 y 1930: su apariencia, sus peinados y su manera de vestir transmiten una modernidad que contrastaba con los modelos femeninos tradicionales. El Reina Sofía propone incluso comparar esta escena con La tertulia del Café de Pombo, de José Gutiérrez Solana. Mientras las tertulias intelectuales protagonizadas por hombres ocupaban cafés y otros espacios públicos, las mujeres de Santos aparecen reunidas dentro de un espacio doméstico. (Museo Reina Sofía)

Esa comparación ayuda también a entender el contexto en el que tuvieron que trabajar muchas pintoras españolas de su generación. Ángeles Santos podía imaginar literalmente un universo entero en Un mundo, pero en Tertulia representaba a cuatro mujeres modernas encerradas en una habitación.

Actualmente, el Reina Sofía conserva ocho piezas catalogadas de Ángeles Santos, entre pinturas y otras obras, incluyendo Dos hermanos, Lilas y calavera, Cena familiar, La Marquesa de Alquibla, Autorretrato y Niños y plantas. Sin embargo, Un mundo y Tertulia son las dos que aparecen actualmente expuestas, ambas en la sala 205.06. (Museo Reina Sofía)

Y quizá sea precisamente aquí donde mejor podemos terminar nuestro recorrido por estas tres pintoras españolas. María Blanchard nos llevó al cubismo parisino; Maruja Mallo, al Madrid de la Generación del 27 y posteriormente al exilio; Ángeles Santos nos deja frente a algo completamente distinto: una muchacha de diecisiete años, instalada en Valladolid, capaz de pintar en un mismo año una habitación ocupada por cuatro mujeres y un universo.

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