Velázquez, 6 de agosto, aniversario de su muerte. Un repaso de su vida

Hablar de Velázquez es hablar de uno de los pintores más importantes de la historia del arte. Sus obras, encabezadas por Las Meninas, forman parte de la memoria colectiva de millones de personas y ocupan un lugar privilegiado en el Museo del Prado. Sin embargo, antes de convertirse en el gran pintor de Felipe IV, Diego Velázquez fue un muchacho sevillano que aprendió el oficio en una ciudad que vivía uno de los momentos más fascinantes de su historia. Tal día como hoy, 6 de agosto, fallecía. En este artículo repasamos los principales acontecimientos de su vida y por qué es una de las principales influencias de artistas como Goya o Picasso.

Estatua de Diego Velázquez, en la Puerta de los Reyes del Museo del Prado
Estatua de Diego Velázquez, en la Puerta de los Reyes del Museo del Prado

El nacimiento de Velázquez en la Sevilla del Siglo de Oro

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez nació en Sevilla en 1599. Aunque no conocemos el día exacto de su nacimiento, sí sabemos que fue bautizado el 6 de junio en la iglesia de San Pedro, por lo que debió de venir al mundo pocos días antes, como era habitual en la época.

La Sevilla que conoció Velázquez era muy distinta de la actual. Gracias al comercio con América, era la ciudad más rica y cosmopolita de la Monarquía Hispánica. Por sus calles convivían comerciantes italianos y flamencos, banqueros, nobles, religiosos, artesanos, marineros y esclavos africanos. Aquel ambiente convirtió la ciudad en un enorme laboratorio artístico donde convivían influencias llegadas de toda Europa. No es casualidad que de aquella Sevilla surgieran algunos de los grandes nombres de la pintura barroca española. Murillo, Zurbarán y el propio Velázquez crecieron en una ciudad donde los encargos artísticos eran constantes y donde la competencia obligaba a mejorar continuamente.

Los primeros pasos de Velázquez como pintor

Los primeros años de formación de Velázquez estuvieron marcados por dos maestros muy diferentes. Según las fuentes de la época, comenzó brevemente en el taller de Francisco Herrera el Viejo. Sin embargo, aquella experiencia duró muy poco. Herrera tenía fama de ser un hombre de carácter extremadamente duro y el joven pintor abandonó pronto el taller.

Su verdadero maestro fue Francisco Pacheco, uno de los personajes más cultos de la Sevilla del momento. Aunque hoy no sea recordado como un gran pintor, Pacheco desempeñó un papel fundamental en la formación de Velázquez. Además de enseñarle la técnica del oficio, le abrió las puertas de un ambiente intelectual en el que se discutía sobre literatura, filosofía, arqueología y teoría del arte.

El Maestro Pacheco tiene una gran biografía aparte. Aparte de ser maestro de pintura, fue la persona encargada de «decorar» la Catedral de Sevilla, uno de los grandes tesoros del Reino. Ese oficio, hace que todavía hoy la Catedral de Santa María de la Sede tenga una colección de arte absolutamente exquisita. En ella podremos encontrar obras como «La cieguecita», o «Cristo de la Clemencia», de Martínez Montañés, así que, si van por Sevilla, le recomendamos esta visita.

De alumno a yerno

La relación entre ambos fue mucho más allá de la pintura. En 1618 Velázquez se casó con Juana Pacheco, hija de su maestro, consolidando un vínculo personal que duraría toda la vida. Esto quedó retratado en la Adoración de los Reyes, donde retrata a su mujer como María, a su hija como Jesús, y a su suegro como uno de los Reyes Magos.

Durante aquellos años comenzó a desarrollar el estilo que ya anunciaba al gran artista que llegaría a ser. Frente a la tendencia a idealizar la realidad, Velázquez prefería observarla con una sinceridad casi científica. Pintaba personas corrientes, objetos cotidianos y escenas domésticas con una naturalidad que sorprendía a sus contemporáneos.

Obras como Vieja friendo huevos (Galería Nacional de Escocia), El aguador de Sevilla (Casa Apsley) o Cristo en casa de Marta y María (Galería Nacional de Inglaterra) muestran esa extraordinaria capacidad para convertir una cocina o una jarra de barro en protagonistas absolutos del cuadro. La influencia del naturalismo de Caravaggio es evidente, pero el joven sevillano ya demostraba una personalidad propia que pronto llamaría la atención de la corte.

De Sevilla al Palacio Real

El talento de Velázquez no tardó en llegar a oídos de Madrid. En 1622 realizó un primer viaje a la capital con la esperanza de conseguir algún encargo real. Aunque la visita no tuvo el éxito esperado, le permitió contemplar la colección de pintura de los Austrias, donde descubrió las obras de Tiziano, un artista que terminaría marcando profundamente su carrera.

Solo un año después recibió una nueva llamada. En 1623 retrató a Felipe IV y el resultado impresionó tanto al joven rey que decidió nombrarlo pintor de cámara. Con apenas veinticuatro años, Velázquez abandonó definitivamente Sevilla para instalarse en Madrid, donde permanecería el resto de su vida.

Estatua de Velázquez en el Museo del Prado. Foto de Lidia Guerra

El primer viaje a Italia de Velázquez

A pesar del enorme éxito alcanzado en la corte, Velázquez era plenamente consciente de que todavía tenía mucho que aprender. En 1629 obtuvo permiso de Felipe IV para viajar a Italia.

Era una práctica habitual entre los grandes artistas europeos: quien quisiera perfeccionar su pintura debía estudiar directamente las obras maestras del Renacimiento. Es más, siguió siendo habitual hasta el S. XIX. Después de Velázquez, Goya también hizo una estancia en el país transalpino.

Durante casi año y medio recorrió ciudades como Venecia, Ferrara, Bolonia, Roma y Nápoles. Allí pudo contemplar las pinturas de Rafael, Miguel Ángel, Tintoretto, Veronés y, especialmente, Tiziano, el gran referente artístico de la corte española. Este viaje supuso un antes y un después. Velázquez regresó a Madrid con una comprensión mucho más profunda del color, de la composición y de la perspectiva. También adquirió una libertad técnica que terminaría convirtiéndose en una de sus principales señas de identidad.

Las obras realizadas durante esta etapa, como La fragua de Vulcano o La túnica de José, muestran ya a un pintor que había dejado atrás al joven sevillano para convertirse en uno de los artistas más ambiciosos de Europa. Aún faltaban varias décadas para que pintara Las Meninas, pero el camino hacia esa obra maestra había comenzado precisamente durante aquel primer viaje a Italia.

La consagración como pintor

Cuando Velázquez regresó de su primer viaje a Italia ya no era simplemente el joven sevillano que había impresionado a Felipe IV con su talento. Había estudiado de primera mano a Tiziano, Tintoretto, Veronés y Miguel Ángel; había comprendido nuevas formas de construir el espacio y había enriquecido una técnica que ya era extraordinaria. A partir de ese momento comenzó la etapa más brillante de su carrera, una etapa en la que no solo consolidó su posición en la corte, sino que produjo algunas de las obras más importantes de la historia de la pintura occidental.

Durante los treinta años siguientes su prestigio no dejó de crecer. Cada nuevo retrato, cada composición mitológica y cada escena histórica demostraban que el pintor sevillano había alcanzado un dominio técnico difícilmente igualable. Sin embargo, su éxito no se explica únicamente por su habilidad con el pincel. También supo desenvolverse en uno de los ambientes más complejos de Europa: la corte de los Austrias, donde el protocolo, la política y las relaciones personales eran casi tan importantes como el propio talento.

Velázquez y Felipe IV: una relación única

La relación entre Velázquez y Felipe IV constituye uno de los vínculos más singulares de toda la historia del arte. El joven rey descubrió muy pronto que aquel pintor poseía una capacidad excepcional para captar no solo el aspecto físico de una persona, sino también su carácter. Después del primer retrato realizado en 1623, Felipe IV quedó tan satisfecho que decidió convertirlo en su pintor de cámara, un cargo que conservaría hasta el final de su vida.

Aquella confianza fue creciendo con el paso de los años. Velázquez retrató al monarca en numerosas ocasiones, desde su juventud hasta la madurez, dejando una especie de biografía visual que permite seguir el paso del tiempo sobre el rostro del rey. Pocas veces un artista ha tenido la oportunidad de observar tan de cerca a un soberano durante casi cuatro décadas.

La confianza de Felipe IV fue mucho más allá de la pintura. El sevillano desempeñó diversos cargos dentro de la Casa Real, organizó ceremonias oficiales, supervisó colecciones artísticas e incluso fue responsable de la decoración de algunas dependencias del Alcázar de Madrid. Estas responsabilidades le restaban tiempo para pintar, pero también demostraban el enorme prestigio del que disfrutaba dentro de la corte.

Paradójicamente, esa proximidad al poder explica que su producción no sea especialmente abundante. Mientras otros pintores realizaban cientos de cuadros, Velázquez prefirió dedicar mucho tiempo a cada obra. El resultado fue un catálogo relativamente reducido, pero de una calidad extraordinaria.

El segundo viaje a Italia y el retrato del papa Inocencio X

En 1649 Velázquez emprendió un segundo viaje a Italia. Esta vez no viajaba como un joven que buscaba aprender, sino como uno de los pintores más prestigiosos de Europa. Felipe IV le había encargado adquirir esculturas, pinturas y otros objetos destinados a enriquecer las colecciones reales, pero el viaje también le permitió volver a trabajar con total libertad.

Durante su estancia en Roma realizó una de las obras que más admiración ha despertado entre artistas e historiadores: el retrato del papa Inocencio X. No fue un encargo sencillo. Retratar al pontífice suponía enfrentarse a uno de los hombres más poderosos del mundo y, al mismo tiempo, evitar cualquier idealización excesiva. Velázquez resolvió el problema con una sinceridad extraordinaria. El papa aparece vestido con intensos tonos rojos, sentado con solemnidad, pero su expresión transmite inteligencia, desconfianza y una enorme fuerza de carácter.

La tradición cuenta que, al contemplar el cuadro terminado, Inocencio X exclamó: «Troppo vero!» («¡Demasiado verdadero!»). No sabemos hasta qué punto la anécdota es histórica, pero resume perfectamente el efecto del retrato. Velázquez no pintó al papa que la Iglesia quería mostrar, sino al hombre que tenía delante.

La influencia de esta obra ha sido inmensa. Siglos más tarde, Francis Bacon la tomaría como punto de partida para una de las series pictóricas más importantes del siglo XX, demostrando que la fuerza psicológica del retrato seguía intacta trescientos años después.

Las Meninas: por qué cambiaron la historia de la pintura

Si hubiera que elegir una única obra para explicar la grandeza de Velázquez, probablemente sería Las Meninas. Pintado hacia 1656, este cuadro ha generado miles de estudios y continúa planteando preguntas que aún hoy siguen abiertas.

A primera vista parece una escena cotidiana de la corte. La infanta Margarita aparece rodeada por sus damas de honor, varios servidores, un perro y el propio Velázquez, que se autorretrata trabajando delante de un gran lienzo. Sin embargo, basta detenerse unos minutos para comprender que nada es tan sencillo.

¿A quién está pintando el artista? ¿Por qué aparecen reflejados Felipe IV y Mariana de Austria en un pequeño espejo situado al fondo? ¿Dónde se encuentra realmente el espectador? ¿Quién observa a quién? Velázquez convierte al visitante en protagonista de la escena. De repente, quien contempla el cuadro ocupa el lugar que aparentemente ocupan los reyes. El espacio deja de funcionar como una simple representación para convertirse en un juego de miradas, reflejos y perspectivas que rompe las reglas tradicionales de la pintura.

Además de su complejidad intelectual, Las Meninas supuso una auténtica revolución técnica. La pincelada es tan libre que, vista de cerca, muchas formas parecen simples manchas de color. Sin embargo, al alejarse unos pasos, todo adquiere una precisión sorprendente. Esa manera de pintar inspiraría siglos después a los impresionistas y llevaría a Édouard Manet a definir a Velázquez como «el pintor de los pintores».

Velázquez. Autorretratado en Las Meninas. Museo del Prado.

La muerte de Velázquez y los misterios de su tumba

Los últimos años de la vida de Velázquez estuvieron marcados por una intensa actividad en la corte. En 1660 desempeñó un papel fundamental en la organización del encuentro entre Felipe IV y Luis XIV de Francia con motivo del matrimonio entre la infanta María Teresa y el monarca francés. La complejidad del viaje y de las ceremonias supuso un enorme esfuerzo físico para un hombre que ya contaba con sesenta años.

Poco después de regresar a Madrid enfermó gravemente. Falleció el 6 de agosto de 1660 y fue enterrado al día siguiente en la iglesia de San Juan Bautista, muy cerca del actual Palacio Real. Apenas ocho días después moriría también su esposa, Juana Pacheco.

Sin embargo, el descanso de Velázquez no fue definitivo. A comienzos del siglo XIX la iglesia fue demolida durante la ocupación napoleónica y se perdió el rastro exacto de su sepultura. Desde entonces, numerosos investigadores han intentado localizar sus restos, pero hasta hoy no ha sido posible identificar con certeza dónde descansan. Ese misterio ha contribuido a agrandar todavía más la figura del pintor. Sus obras se conservan y son admiradas por millones de personas cada año, especialmente en el Museo del Prado. Su tumba, en cambio, sigue siendo uno de los grandes enigmas de la historia del arte español.

¿Quieres saber más de Velázquez? Ven al Prado con The Guides You Need

No hay mejor lugar para descubrir a Velázquez que el Museo del Prado. Ningún libro, documental o fotografía puede sustituir la experiencia de contemplar Las Meninas, La rendición de Breda o Las Hilanderas a escasos metros de distancia. Es ahí donde uno comprende por qué tantos historiadores del arte consideran que fue el mejor pintor de su tiempo y, para muchos, de toda la historia.

En The Guides You Need queremos que tu visita vaya mucho más allá de contemplar cuadros bonitos. Nuestro objetivo es ayudarte a entender quién fue Velázquez, cómo revolucionó la pintura occidental y por qué artistas tan diferentes como Goya, Manet, Picasso o Dalí lo admiraron profundamente. Al terminar el tour no solo habrás visto sus obras más importantes; también entenderás el contexto histórico en el que fueron creadas y los pequeños detalles que suelen pasar desapercibidos.

Trabajamos exclusivamente con grupos reducidos, de un máximo de siete personas, para que la visita sea cercana, participativa y adaptada al ritmo de cada viajero. Si sois más, organizaremos un tour privado exclusivamente para vuestro grupo.

Además, la entrada al Museo del Prado está incluida en el precio de la visita. Ofrecemos tours en español, inglés, francés e italiano, cada uno con sus propios horarios. Si tienes cualquier duda sobre cuál elegir, estaremos encantados de ayudarte.

¿Hacemos skip the line? Sí, aunque antes de reservar te recomendamos leer el artículo que hemos preparado sobre este tema (pincha aquí). En él explicamos exactamente qué significa el acceso skip the line en Madrid para que sepas qué puedes esperar el día de la visita.

Por último, una curiosidad que seguramente ya conoces después de leer este artículo: nuestro punto de encuentro está junto a la estatua de Velázquez, situada en la calle Felipe IV, justo enfrente de las taquillas del Museo del Prado. El día anterior al tour solemos enviar un correo electrónico con una infografía del punto de encuentro y el teléfono del guía para que todo resulte lo más sencillo posible.

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