Cubismo: 3 artistas españoles para hacer un viaje único

A comienzos del siglo XX, algunos artistas empezaron a preguntarse por qué una pintura debía representar el mundo desde un único punto de vista. Si podemos observar un objeto desde diferentes ángulos, movernos alrededor de él y conservar en nuestra memoria distintas perspectivas, ¿por qué limitarse a reproducir solamente aquello que vemos en un instante?

El cubismo nació de preguntas como esta y terminó transformando profundamente la historia del arte. Los objetos comenzaron a fragmentarse, la perspectiva tradicional perdió su autoridad y el espacio pictórico dejó de funcionar como una ventana abierta hacia una realidad perfectamente ordenada. El objetivo ya no era simplemente copiar lo que estaba delante de los ojos, sino construir una nueva manera de representarlo.

Picasso, Juan Gris y María Blanchard nos permitirán recorrer esa transformación desde tres personalidades muy diferentes. A través de sus obras veremos cómo surgió esta nueva forma de pintar, cuáles fueron sus principales características y por qué tuvo consecuencias que llegaron mucho más allá de los artistas que participaron directamente en ella.

En este artículo haremos, por tanto, un viaje por una de las grandes revoluciones artísticas del siglo XX. Y comenzaremos por la pregunta más sencilla de todas: ¿qué es exactamente el cubismo?

Cubismo en estado puro. Juan Gris, Museo Reina Sofía. TGYN
Cubismo en estado puro. Juan Gris, Museo Reina Sofía. TGYN

¿Qué es el cubismo explicado de forma sencilla?

El cubismo es una forma de representar la realidad que rompe con la idea de que una pintura debe mostrar aquello que vemos desde un único punto de vista. En lugar de intentar reproducir fielmente la apariencia de un objeto, sus artistas lo descomponen en diferentes formas y muestran varios de sus aspectos dentro de una misma imagen.

Pensemos, por ejemplo, en una guitarra colocada sobre una mesa. Si permanecemos inmóviles frente a ella, vemos una parte concreta del instrumento. Pero podemos caminar alrededor, observar su perfil, acercarnos a la caja o contemplarla desde arriba. Nuestra experiencia de esa guitarra está formada por todas esas perspectivas, no solamente por una.

Los pintores vinculados a esta nueva corriente comenzaron a trasladar algo parecido al lienzo. Un rostro podía aparecer simultáneamente de frente y de perfil; una mesa podía inclinarse de una manera imposible según las reglas tradicionales de la perspectiva; y los objetos podían fragmentarse hasta resultar difíciles de reconocer.

Una ruptura con siglos de perspectiva

La importancia de esta transformación se comprende mejor si pensamos en la tradición contra la que reaccionaba. Desde el Renacimiento, la perspectiva había permitido construir sobre una superficie plana la ilusión de un espacio tridimensional coherente. El cuadro podía funcionar como una especie de ventana: el espectador contemplaba desde una posición determinada un mundo organizado mediante profundidad, proporción y distancia.

A comienzos del siglo XX, algunos artistas dejaron de considerar que esa fuera la única manera válida de representar el mundo. No se trataba de que hubieran olvidado cómo dibujar correctamente. Picasso, Braque y otros creadores conocían las convenciones que estaban alterando. La ruptura era deliberada.

El objetivo tampoco consistía simplemente en convertir todos los objetos en figuras geométricas. La fragmentación permitía investigar cómo construimos mentalmente aquello que vemos. Una pintura podía reunir diferentes perspectivas y momentos dentro de una misma superficie, aunque el resultado ya no coincidiera con la percepción de una cámara fotográfica.

Representar lo que sabemos, además de lo que vemos

Aquí aparece una de las ideas más interesantes de esta revolución artística. Cuando observamos un objeto, nuestra relación con él no depende únicamente de la imagen que llega a nuestros ojos en un instante determinado. Sabemos que continúa por detrás aunque no podamos verlo, recordamos cómo es desde otros ángulos y podemos movernos para obtener nueva información.

La pintura podía incorporar esa experiencia más compleja. Por eso, la deformación no debe entenderse necesariamente como un alejamiento caprichoso de la realidad. En cierto sentido, estos artistas estaban intentando ofrecer más información sobre el objeto de la que permitiría un único punto de vista.

Esta transformación abrió posibilidades enormes para las siguientes generaciones. Para entender cómo comenzó, sin embargo, debemos responder a otra de las preguntas más habituales: ¿quién inventó el cubismo?

¿Quién inventó el cubismo?

No existe un único inventor del cubismo. Aunque Pablo Picasso ocupa un lugar fundamental en su nacimiento, la nueva corriente surgió principalmente del intenso intercambio artístico que mantuvo con Georges Braque en París durante los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. Durante un tiempo, ambos trabajaron de una manera tan próxima que algunas de sus pinturas de aquellos años pueden resultar difíciles de distinguir a primera vista.

Uno de los grandes antecedentes fue Paul Cézanne. Su manera de construir paisajes, figuras y objetos mediante volúmenes tuvo una enorme influencia sobre los jóvenes artistas de comienzos del siglo XX. A ello se sumó el interés de Picasso por otras tradiciones artísticas, entre ellas la escultura ibérica y determinadas manifestaciones del arte africano.

Picasso, Braque y una revolución compartida

Las señoritas de Aviñón, pintada por Picasso en 1907, suele considerarse una obra decisiva en este proceso. Sus figuras rompen radicalmente con la representación tradicional del cuerpo y el espacio. Sin embargo, todavía no estamos ante el lenguaje que poco después desarrollarían conjuntamente los dos pintores.

Braque quedó profundamente impresionado por aquella obra, aunque su primera reacción no fue precisamente de entusiasmo. Durante los años siguientes, ambos comenzaron a intercambiar ideas y a investigar problemas semejantes. Entre 1909 y 1914 su colaboración fue especialmente estrecha: visitaban sus estudios, observaban los avances del otro y llevaban sus investigaciones en direcciones paralelas.

Por eso resulta engañoso presentar esta transformación como el descubrimiento repentino de un solo genio. Picasso fue esencial, pero Braque también participó activamente en la creación y desarrollo de aquel nuevo lenguaje pictórico.

¿De dónde procede la palabra «cubismo»?

Curiosamente, el nombre no fue elegido por sus protagonistas. En 1908, Henri Matisse formó parte del jurado que rechazó una pintura de Braque para el Salon d’Automne y describió sus formas en términos de pequeños cubos. Poco después, el crítico Louis Vauxcelles utilizó una expresión semejante al escribir sobre las obras del pintor.

La denominación terminó extendiéndose para identificar una revolución artística mucho más compleja que una simple acumulación de formas geométricas. Lo que comenzó casi como una descripción crítica acabó dando nombre a uno de los movimientos más influyentes del siglo XX.

Una curiosidad: el nombre «impresionismo» nació de una forma parecida

Como decíamos en nuestro artículo al respecto, el término impresionismo nació de una manera bastante parecida. En 1874, el crítico Louis Leroy utilizó el título de Impresión, sol naciente, de Claude Monet, para ironizar sobre las obras de aquellos pintores. Lo que había comenzado como una burla terminó convirtiéndose en el nombre por el que conocemos el movimiento.

En ambos casos, por tanto, una palabra empleada desde fuera del grupo y con una intención inicialmente crítica terminó siendo inseparable de algunos de los artistas más importantes de la historia del arte.

Picasso y Braque fueron los grandes impulsores iniciales de la nueva corriente, pero pronto otros creadores comenzaron a explorar las posibilidades abiertas por aquella ruptura. Entre ellos aparecerán dos figuras esenciales para nuestro recorrido: Juan Gris y María Blanchard.

¿Cuáles son los dos tipos de cubismo?

Aunque la evolución de esta corriente fue compleja y no puede dividirse en etapas completamente cerradas, tradicionalmente se distinguen dos grandes tipos: el analítico y el sintético. La diferencia entre ambos permite comprender cómo una investigación que comenzó fragmentando los objetos terminó incorporando materiales procedentes de la vida cotidiana.

Cubismo analítico: descomponer para comprender

La primera de estas etapas se desarrolló principalmente entre 1909 y 1912. Picasso y Braque llevaron entonces sus investigaciones hasta un punto en el que los objetos comenzaron a descomponerse en numerosos planos y formas geométricas.

Un rostro, una guitarra o una botella podían contemplarse desde diferentes ángulos dentro de una misma composición. La profundidad tradicional se reducía y las figuras parecían mezclarse con el espacio que las rodeaba. En algunas pinturas resulta incluso difícil reconocer inmediatamente qué estamos observando.

El color perdió protagonismo durante estos años. Marrones, grises, ocres y tonos apagados permitían concentrar la atención en la estructura de la imagen sin que una paleta demasiado intensa distrajera al espectador. La pregunta fundamental parecía ser cómo analizar un objeto y reconstruirlo sobre una superficie plana.

Obras de Picasso en el Museo Reina Sofía. TGYN
Composición cubista. María Blanchard. Museo Reina Sofía, TGYN

Cubismo sintético: reconstruir la imagen

A partir de 1912 comenzó a desarrollarse una dirección diferente. En lugar de fragmentar cada vez más los objetos, las composiciones tendieron hacia formas más amplias y reconocibles. El color recuperó importancia y aparecieron nuevos materiales que cambiarían profundamente la historia del arte.

Uno de los grandes avances fue el collage. Papeles de periódico, etiquetas, fragmentos de papel pintado o letras podían incorporarse a una composición. De repente, un elemento procedente del mundo real entraba físicamente en una obra que, al mismo tiempo, seguía representando otros objetos.

La diferencia puede parecer paradójica. La etapa analítica descompone aquello que vemos para examinarlo desde múltiples perspectivas; la sintética vuelve a construirlo mediante formas más sencillas y elementos diferentes. Ambas, sin embargo, cuestionan la idea de que una pintura deba limitarse a imitar fielmente la apariencia del mundo.

Dos etapas, pero no dos reglas absolutas

Estas categorías resultan útiles para comprender la evolución del movimiento, pero no deben convertirse en fronteras demasiado rígidas. Los artistas experimentaron continuamente y las características de una etapa podían convivir con las de otra.

Además, cuando otros creadores adoptaron este nuevo lenguaje, lo hicieron desde intereses propios. Juan Gris, por ejemplo, desarrolló composiciones de una extraordinaria claridad estructural, mientras que María Blanchard encontró una voz personal que no puede explicarse simplemente como una repetición de las investigaciones de Picasso y Braque.

Precisamente esa diversidad nos permitirá comprobar que aquella revolución pictórica fue mucho más rica que una sucesión de fórmulas establecidas.

Picasso, Juan Gris y María Blanchard: tres artistas españoles que transformaron la pintura

Hasta ahora hemos hablado de rupturas, perspectivas múltiples y nuevas maneras de construir una imagen. Pero estas ideas se entienden mucho mejor cuando dejamos la teoría y observamos cómo las utilizaron artistas concretos. Picasso, Juan Gris y María Blanchard compartieron el ambiente artístico del París de comienzos del siglo XX, aunque cada uno desarrolló una personalidad pictórica propia.

Pablo Picasso: el comienzo de la ruptura

Hablar de Pablo Picasso significa regresar inevitablemente a los primeros años de esta revolución. Como hemos visto, no trabajó solo: la colaboración con Georges Braque fue fundamental. Sin embargo, su capacidad para cuestionar continuamente las soluciones que encontraba explica que ocupe un lugar central en esta historia.

Las señoritas de Aviñón de 1907 representa uno de los grandes puntos de inflexión. Los cuerpos aparecen angulosos, el espacio pierde profundidad y los rostros se alejan radicalmente de las convenciones de la pintura occidental. La obra causó desconcierto incluso entre personas cercanas al artista. No era todavía una pintura cubista en sentido estricto, pero muchas de las preguntas que conducirían hacia ella ya estaban presentes.

Desmontar un objeto para volver a construirlo

Durante los años siguientes, la investigación desarrollada junto a Braque fue mucho más lejos. Una guitarra, una botella o un rostro podían descomponerse en planos que parecían mostrar diferentes partes simultáneamente. La perspectiva dejaba de organizar el cuadro desde una única posición.

Lo interesante es que el pintor malagueño no abandonó la realidad. Continuó trabajando con personas, instrumentos musicales, mesas y objetos cotidianos. Lo que cambió fue la manera de representarlos. En lugar de aceptar que el ojo debía permanecer inmóvil frente a la escena, la imagen podía reunir diferentes experiencias visuales sobre una misma superficie.

Tampoco permaneció indefinidamente dentro de este lenguaje. Su carrera atravesó numerosos periodos y experimentaciones posteriores. Reducir a Picasso al cubismo sería tan limitado como explicar toda esta corriente únicamente a través de él.

Su importancia reside, en buena medida, en haber contribuido a abrir una puerta que otros artistas atravesaron de maneras muy distintas. Uno de ellos fue Juan Gris, que tomó muchas de aquellas investigaciones y las condujo hacia una pintura de enorme claridad y orden.

Juan Gris: ordenar la fragmentación

Si Picasso estuvo en el origen de la ruptura, Juan Gris llegó algo después y desarrolló aquel lenguaje con una personalidad muy diferente. Nacido en Madrid en 1887 como José Victoriano González-Pérez, se instaló en París en 1906. Allí entró en contacto con los ambientes de vanguardia y conoció a algunos de los artistas que estaban transformando la pintura europea.

Sus primeras obras vinculadas a esta corriente aparecieron cuando las investigaciones de Picasso y Braque ya estaban bastante avanzadas. Esto no convirtió al madrileño en un simple continuador. Al contrario, aprovechó aquellas posibilidades para construir imágenes caracterizadas por una organización especialmente rigurosa.

Una pintura construida con precisión

En muchas de sus composiciones encontramos elementos habituales de aquellos años: guitarras, periódicos, botellas, vasos o mesas. Sin embargo, la fragmentación suele estar sometida a una estructura muy calculada. Las formas parecen encajar unas con otras y el color adquiere progresivamente una importancia mayor.

Esta claridad resulta especialmente visible en sus naturalezas muertas. Los objetos pueden aparecer divididos y observados desde perspectivas diferentes, pero la composición conserva un equilibrio que permite al espectador reconstruir mentalmente aquello que tiene delante. La geometría no destruye necesariamente el objeto: también puede servir para organizarlo.

El collage y los papiers collés formaron igualmente parte de sus investigaciones. Letras, texturas y fragmentos que imitan o incorporan materiales cotidianos complican la relación entre aquello que está pintado y aquello que pertenece al mundo real.

Gris demuestra así que las ideas desarrolladas durante aquellos primeros años podían conducir hacia caminos muy personales. No se limitó a repetir las soluciones de los pioneros, sino que construyó una obra reconocible por su equilibrio, su estructura y su manera de ordenar la imagen.

Y no fue el único artista español que encontró en el París de las vanguardias un espacio para desarrollar una voz propia. María Blanchard, amiga y compañera de generación, participó también en aquellas investigaciones, aunque durante décadas su nombre ocupó un lugar mucho menos visible en la historia del movimiento.

Retrato de Madame Josette Gris. Juan Gris. Museo Reina Sofía. TGYN
Retrato de Madame Josette Gris. Juan Gris. Museo Reina Sofía. TGYN

María Blanchard: una voz propia dentro del cubismo

María Blanchard nació en Santander en 1881 y llegó a París por primera vez en 1909. La capital francesa le permitió entrar en contacto con las nuevas corrientes artísticas y, después de instalarse allí definitivamente en 1916, mantuvo una relación especialmente estrecha con Juan Gris. Su participación en estos círculos la situó en el centro de algunas de las transformaciones más importantes de la pintura europea.

Su obra demuestra, además, por qué resulta insuficiente contar esta historia únicamente a través de sus compañeros varones. La pintora cántabra asimiló las investigaciones que se estaban desarrollando a su alrededor, pero construyó a partir de ellas un lenguaje personal, especialmente interesado por el color y por una sólida organización de las formas.

Geometría, color y una mirada personal

Durante su etapa más vinculada a esta vanguardia, figuras y objetos aparecen fragmentados y reconstruidos mediante planos que se superponen. Sin embargo, sus composiciones no son simples ejercicios geométricos. El color adquiere una presencia notable y contribuye a organizar una superficie en la que cada elemento parece relacionarse cuidadosamente con los demás.

Su amistad con Gris fue importante tanto en el plano personal como en el artístico. Ambos compartieron intereses y participaron en un ambiente en el que las ideas circulaban constantemente entre talleres, galerías y exposiciones. Pero contemplar sus obras una junto a otra permite también reconocer diferencias: cada uno utilizó aquel nuevo vocabulario para construir una identidad pictórica propia.

Mucho más que una artista cubista

A comienzos de la década de 1920, su pintura comenzó a orientarse hacia una figuración diferente. Aparecieron con mayor frecuencia escenas domésticas, maternidades, niños y personajes cuya presencia emocional se alejaba de las investigaciones de los años anteriores. Por eso, reducir toda su trayectoria a una única etiqueta tampoco permite comprender la riqueza de su producción.

Durante décadas, Blanchard recibió una atención mucho menor que muchos de los hombres con los que compartió generación. Su recuperación historiográfica permite hoy situarla en el lugar que le corresponde y comprender mejor la diversidad de aquella vanguardia.

Su presencia junto a Picasso y Juan Gris completa nuestro recorrido por tres artistas españoles que partieron de problemas comunes, pero encontraron respuestas muy diferentes. Y, afortunadamente, en Madrid podemos contemplar obras de los tres sin necesidad de conocerlas únicamente a través de libros o reproducciones.

En los museos de Madrid

Madrid ofrece una oportunidad excepcional para terminar este recorrido delante de las obras originales. El Museo Reina Sofía conserva trabajos de los tres protagonistas de nuestro artículo y permite comprobar cómo un lenguaje compartido podía conducir a resultados muy diferentes. Allí encontramos algunas de las obras fundamentales de Juan Gris y María Blanchard, además de una amplia representación de la trayectoria de Picasso.

El museo alberga también Guernica, realizada muchos años después de las primeras investigaciones que hemos explicado. Aunque no es una obra cubista en sentido estricto, resulta difícil comprender algunos aspectos de su construcción sin conocer las transformaciones que habían marcado anteriormente la pintura del artista malagueño.

El Museo Thyssen-Bornemisza permite ampliar todavía más esta historia a través de su colección de arte del siglo XX. Visitar ambos museos ofrece así la posibilidad de seguir las consecuencias de aquella ruptura y observar cómo las ideas que surgieron en el París de comienzos de siglo terminaron transformando buena parte del arte posterior.

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👀 Ver estas obras en persona permite comprender mucho mejor aquello que hemos explicado. En The Guides You Need ofrecemos visitas guiadas al Museo Reina Sofía y al Museo Thyssen-Bornemisza para acercarnos a sus colecciones, conocer el contexto en el que trabajaron sus artistas y entender por qué transformaron la historia del arte.

🖼️ En el Museo Reina Sofía podemos seguir las trayectorias de estos tres grandes artistas, mientras que el Museo Thyssen-Bornemisza nos permite ampliar el recorrido por las vanguardias del siglo XX y observar sus conexiones con otros movimientos y creadores.

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