Juan Gris ocupa un lugar fundamental en la historia del cubismo. Sin embargo, su nombre suele quedar inevitablemente situado detrás de los de Pablo Picasso y Georges Braque, los dos grandes protagonistas del nacimiento de este movimiento. Basta contemplar algunas de sus pinturas para comprobar que reducirlo a un simple continuador sería profundamente injusto.
El Museo Reina Sofía nos ofrece una magnífica oportunidad para acercarnos a su obra y entender qué hizo diferente su pintura. Sus composiciones parten de objetos aparentemente sencillos —una guitarra, un violín, una botella o una mesa—, pero detrás de ellos encontramos una extraordinaria preocupación por la geometría, el equilibrio, el color y la manera en que construimos visualmente la realidad.
En este artículo vamos a detenernos en cinco obras especialmente interesantes: Violín y guitarra, La botella de anís, Retrato de Josette Gris, La guitarra sobre la mesa y Arlequín con violín. Cinco pinturas que nos permitirán observar diferentes facetas del artista y comprender por qué su aportación resultó esencial para el desarrollo del arte del siglo XX.
¿Preparados? Vamos a entrar en el Museo Reina Sofía.
Índice

Las preguntas esenciales antes de empezar
¿Quién fue Juan Gris?
Juan Gris fue uno de los grandes representantes del cubismo y uno de los artistas españoles más importantes de las primeras décadas del siglo XX. Nacido en Madrid en 1887, desarrolló buena parte de su carrera en París, donde entró en contacto con algunos de los protagonistas de las vanguardias europeas.
Aunque Picasso y Braque habían comenzado antes sus investigaciones cubistas, Gris desarrolló un lenguaje propio. Sus pinturas destacan por unas composiciones cuidadosamente construidas, el uso de la geometría y una particular atención al color. No se limitó, por tanto, a adoptar las novedades de otros artistas, sino que contribuyó a desarrollar y transformar el nuevo lenguaje pictórico.
¿Qué relación tuvo Juan Gris con Pablo Picasso?
Ambos artistas se conocieron en París y compartieron el ambiente artístico en el que se desarrollaron las primeras vanguardias del siglo XX. Gris admiró inicialmente a Picasso y conoció de cerca las investigaciones que este realizaba junto a Braque, aunque con el tiempo desarrollaría una forma diferente de construir sus cuadros.
La comparación entre ambos resulta especialmente interesante porque permite comprobar hasta qué punto dos pintores vinculados al mismo movimiento podían llegar a soluciones muy distintas. Más adelante, cuando contemplemos algunas de las obras del Museo Reina Sofía, podremos entender mejor esas diferencias.
¿Qué importancia tuvo en el cubismo?
Su aportación fue decisiva para la evolución del movimiento, especialmente durante la década de 1910. Frente a determinadas composiciones más fragmentadas de sus primeros protagonistas, su pintura tendió hacia estructuras especialmente ordenadas en las que formas, objetos y colores mantienen relaciones cuidadosamente calculadas.
Esta búsqueda de claridad y equilibrio constituye una de las características más reconocibles de su obra. Por eso, aunque llegó al cubismo después de Picasso y Braque, terminó convirtiéndose en una de sus figuras fundamentales.
¿Dónde podemos ver obras de Juan Gris?
Sus pinturas se encuentran actualmente repartidas por algunas de las principales colecciones de arte moderno del mundo. En España, el Museo Reina Sofía conserva un conjunto especialmente relevante que permite observar diferentes momentos de su producción. El Museo Thyssen también cuenta con una colección interesante.
Precisamente allí encontramos las cinco pinturas que protagonizan nuestro recorrido. A través de ellas podremos pasar de los instrumentos musicales y las naturalezas muertas a la figura humana y comprobar cómo fue evolucionando su manera de entender la pintura.
5 obras sublimes en el Museo Reina Sofía
Ha llegado el momento de acercarnos a los cuadros. La colección del museo permite observar algunas de las características que convirtieron a Juan Gris en una figura imprescindible del cubismo: la geometría, la reconstrucción de los objetos, el uso del color y, sobre todo, una extraordinaria capacidad para ordenar cada elemento dentro de la composición.
Las cinco pinturas que hemos seleccionado no pretenden resumir toda su trayectoria. Nuestro objetivo es utilizarlas como cinco ventanas desde las que acercarnos a su forma de pintar y aprender a reconocer algunas de sus principales preocupaciones artísticas.
1. Violín y guitarra
Violín y guitarra, realizada en 1913, pertenece a un momento decisivo en la trayectoria del pintor. Los dos instrumentos que dan título a la obra resultan reconocibles, pero han dejado de ocupar un espacio convencional. Aparecen fragmentados y reconstruidos mediante planos que se superponen, líneas que cambian nuestra percepción y diferentes puntos de vista reunidos sobre una misma superficie.
No se trata simplemente de deformar un violín o una guitarra. El objetivo es cuestionar la necesidad de representar un objeto desde una única posición. Podemos reconocer determinadas partes de los instrumentos, pero nuestra mirada tiene que participar activamente para reconstruirlos.
Una pintura que tenemos que aprender a mirar
Aquí encontramos una de las claves para enfrentarnos a este tipo de obras: no debemos preguntarnos únicamente si el objeto se parece a uno real. El juego consiste precisamente en descubrir cómo el artista desmonta aquello que conocemos y vuelve a organizarlo siguiendo otras reglas.
Por eso merece la pena dedicar tiempo a Violín y guitarra. Una primera mirada puede producir cierta sensación de confusión; unos minutos después empiezan a aparecer las formas, los instrumentos y las relaciones entre los distintos planos. El cuadro exige algo del espectador: mirar antes de reconocer.

Esa experiencia resulta especialmente útil para comprender el cubismo. No estamos ante una pintura que haya renunciado a la realidad, sino ante otra manera de preguntarse cómo podemos representarla.
2. La botella de anís
Un año después de Violín y guitarra, encontramos una obra que nos permite avanzar un poco más en nuestra aproximación a su pintura. La botella de anís, realizada en 1914, vuelve a partir de objetos cotidianos, pero los transforma hasta convertirlos en piezas de una composición cuidadosamente construida.
La botella ocupa un lugar protagonista y podemos identificarla gracias a algunos de sus elementos más reconocibles. A su alrededor, formas geométricas, fragmentos de objetos, letras y planos se relacionan entre sí hasta hacer prácticamente imposible separar con claridad aquello que pertenece a cada elemento. La mesa deja de comportarse como una superficie convencional y el espacio parece construirse directamente delante de nosotros.
¿Por qué aparecen letras en el cuadro?
La presencia de palabras y letras no es accidental. Picasso y Braque ya habían incorporado tipografía, periódicos y otros elementos procedentes de la vida cotidiana a sus investigaciones cubistas. También aquí las letras tienen una función interesante: mientras las formas parecen fragmentarse y cambiar de posición, la escritura continúa siendo inmediatamente reconocible.
Se produce así una pequeña paradoja. Podemos tener dificultades para determinar dónde termina exactamente una botella o comienza otro objeto, pero somos capaces de identificar una palabra sin necesidad de reconstruirla. La pintura juega constantemente con aquello que nuestros ojos reconocen y aquello que nuestro cerebro necesita interpretar.
Una botella convertida en arquitectura
En La botella de anís, los objetos importan, pero también importa la estructura que forman entre ellos. Nada parece colocado al azar. Las líneas conducen nuestra mirada, los planos se equilibran y las distintas formas terminan funcionando casi como las piezas de una arquitectura.
Esta preocupación por el orden será una de las grandes características de Juan Gris. Dentro del cubismo encontró un lenguaje que le permitía desmontar la realidad, pero también volver a construirla. Y precisamente esa voluntad de construcción nos ayudará a entender por qué su pintura adquirió una personalidad tan reconocible.
3. Retrato de Josette Gris
Hasta ahora hemos encontrado instrumentos musicales, botellas, letras y objetos cotidianos. Retrato de Josette Gris, pintado en 1916, nos coloca ante un desafío diferente: ¿qué sucede cuando este mismo lenguaje se utiliza para representar a una persona?
La protagonista es Josette, compañera del artista y una presencia fundamental en su vida. La figura sigue siendo perfectamente reconocible, pero no está construida siguiendo las reglas tradicionales del retrato. El cuerpo, el rostro y el espacio que la rodea se organizan mediante formas simplificadas y planos que encajan entre sí. El resultado es especialmente interesante porque la geometría no elimina la presencia de la modelo. Seguimos percibiendo a una persona concreta, sentada ante nosotros, aunque su apariencia haya sido sometida a un proceso de reorganización.
El cubismo también podía retratar personas
Cuando pensamos en este movimiento resulta fácil imaginar guitarras, periódicos, botellas o mesas. Sin embargo, la figura humana también ofrecía enormes posibilidades. En este caso, el reto era mayor: un rostro no es simplemente otro objeto. Estamos acostumbrados a buscar inmediatamente una identidad, una expresión y determinados rasgos personales.
Gris consigue mantener ese reconocimiento sin regresar al retrato tradicional. En lugar de reproducir minuciosamente las facciones de Josette, construye su presencia mediante relaciones entre formas, líneas y colores. El parecido deja de depender exclusivamente de una reproducción fiel de la apariencia.

Una composición renacentista con un lenguaje del siglo XX
Hay algo especialmente interesante en Retrato de Josette Gris: detrás de una pintura indiscutiblemente moderna encontramos una composición que hunde sus raíces en el Renacimiento. La figura aparece sentada, representada aproximadamente de medio cuerpo y organizada según un esquema que podemos reconocer en algunos de los grandes retratos de los siglos XV y XVI.
Podemos pensar, por ejemplo, en la Mona Lisa de Leonardo da Vinci o en El Cardenal de Rafael. Evidentemente, no estamos hablando de una copia de estas obras, sino de una manera de concebir el retrato que sitúa a la figura en el centro y le concede una presencia estable y monumental. Siglos después, Gris parte de una tradición compositiva semejante para hacer algo completamente distinto.
Y ahí reside una de las grandes paradojas del cuadro. La composición puede mirar hacia el Renacimiento, pero el lenguaje pertenece plenamente al siglo XX. El espacio se reorganiza, las formas se geometrizan y la representación naturalista deja paso a una nueva manera de construir la figura.
Retrato de Josette Gris nos recuerda así que las vanguardias no tuvieron que destruir necesariamente el pasado para crear algo nuevo. También podían apropiarse de estructuras que llevaban siglos formando parte de la historia de la pintura y reconstruirlas mediante un lenguaje radicalmente contemporáneo.
4. La guitarra sobre la mesa
La guitarra fue uno de los motivos recurrentes de la pintura cubista. Su forma permitía jugar con curvas, líneas rectas, el círculo de la boca y las cuerdas, elementos fácilmente reconocibles incluso después de haber transformado profundamente el objeto. En La guitarra sobre la mesa, Gris vuelve a utilizar este instrumento para construir una composición en la que cada forma parece relacionarse cuidadosamente con las demás.
La mesa tampoco funciona simplemente como el lugar sobre el que descansan los objetos. Sus límites, los diferentes planos y el espacio que la rodea forman parte de una misma estructura. En lugar de crear primero un escenario y colocar después los elementos en su interior, todo parece haber sido concebido simultáneamente.

¿Por qué aparecen tantas guitarras en el cubismo?
No es casualidad que hayamos encontrado una guitarra en la primera obra de nuestro recorrido y volvamos a encontrarnos con ella ahora. Picasso, Braque y Gris recurrieron repetidamente a instrumentos musicales, y especialmente a guitarras y violines.
Hay una razón visual para ello. Una guitarra puede descomponerse con enorme facilidad sin perder completamente su identidad. Las curvas de la caja, el mástil, las cuerdas o la boca permiten reconocerla incluso cuando sus diferentes partes han sido desplazadas, simplificadas o convertidas en formas geométricas.
Pero también existe una dimensión cotidiana. Estos instrumentos pertenecían al mundo de cafés, músicos y espacios domésticos que rodeaba a los artistas.
El cubismo no necesitaba buscar grandes acontecimientos históricos o mitológicos: una guitarra situada sobre una mesa podía convertirse en material suficiente para investigar una nueva manera de pintar.
El objeto como punto de partida
Esto nos ayuda a entender algo importante. La guitarra no es necesariamente el verdadero tema del cuadro. Es, en cierto modo, el punto de partida de un problema pictórico: cómo distribuir las formas, cómo relacionar unas superficies con otras y cómo crear profundidad sin recurrir a la perspectiva tradicional.
Cuando dejamos de intentar reconstruir inmediatamente una guitarra real, empezamos a prestar atención a esas relaciones. Y ahí aparece una de las características más interesantes de su pintura: detrás de objetos completamente cotidianos encontramos una reflexión extraordinariamente compleja sobre cómo funciona una imagen.
5. Arlequín con violín
Terminamos nuestro recorrido con una obra en la que reaparece el violín, pero esta vez acompañado por una figura humana. En Arlequín con violín, realizado en 1919, Gris recurre a uno de los personajes más reconocibles de la tradición teatral europea y, al mismo tiempo, a una figura que ya ocupaba un lugar importante dentro de las vanguardias.
El característico traje del arlequín resulta especialmente apropiado para este lenguaje pictórico. Su patrón geométrico permite integrar el cuerpo dentro de la estructura del cuadro, mientras que el violín introduce algunas de las formas que ya hemos aprendido a reconocer a lo largo de nuestro recorrido. Figura, instrumento y espacio parecen responder así a una misma lógica compositiva.
¿Quién es Arlequín?
Arlequín procede de la commedia dell’arte italiana, una forma de teatro popular desarrollada a partir del siglo XVI cuyos personajes se identificaban mediante personalidades, vestimentas y comportamientos reconocibles. Tradicionalmente, Arlequín era un criado astuto, irreverente y cómico, caracterizado visualmente por su traje de rombos.
Con el paso del tiempo, el personaje abandonó los límites del escenario y apareció repetidamente en la pintura europea. Su vestimenta lo hacía visualmente inconfundible, pero además permitía a los artistas jugar con la idea de la máscara, la representación y la identidad.
De Picasso a Gris: un personaje compartido
Picasso había convertido al arlequín en una presencia recurrente de su pintura años antes. Lo encontramos especialmente asociado a su etapa rosa, cuando saltimbanquis, acróbatas y personajes del circo comenzaron a poblar sus cuadros. Para él, estas figuras podían convertirse también en una forma de reflexionar sobre el artista y su posición dentro de la sociedad.
Cuando Gris utiliza al mismo personaje, sin embargo, el resultado es muy diferente. El arlequín queda sometido a una estructura más geométrica: los rombos del traje, las formas del cuerpo y las líneas del violín participan en la organización general de la superficie.
La comparación resulta reveladora. Compartir un motivo no significa compartir una manera de pintar. Picasso y Juan Gris podían mirar al mismo personaje y convertirlo en dos experiencias visuales completamente distintas.
Una figura hecha de geometría
Quizá por eso el arlequín parece especialmente adecuado para cerrar nuestra selección. A diferencia de una botella o una guitarra, su propio cuerpo ya llega al cuadro cubierto de geometría. Los rombos del traje facilitan la transición entre la figura reconocible y las formas que construyen la composición.
Después de cinco obras, podemos reconocer mejor lo que está sucediendo. Ya no buscamos únicamente identificar al personaje o el violín. Observamos cómo se relacionan las líneas, cómo se repiten determinadas formas y cómo cada elemento ocupa un lugar preciso dentro del conjunto. Ese cambio en nuestra propia manera de mirar es, probablemente, una de las mejores formas de acercarnos a la obra de Juan Gris.
Pablo Picasso, Georges Braque y Juan Gris: tres maneras de entender el cubismo
A lo largo de estas cinco obras han aparecido varias veces los nombres de Pablo Picasso y Georges Braque. La comparación es inevitable: los tres participaron en el desarrollo del cubismo, compartieron preocupaciones artísticas y utilizaron motivos similares. Sin embargo, considerar a Juan Gris simplemente como el tercero de una lista impediría comprender qué aportó realmente a este movimiento.
Pablo Picasso y Georges Braque habían iniciado su revolución pictórica antes. Cuando Juan Gris comenzó a desarrollar plenamente este lenguaje, pudo partir de algunas de aquellas investigaciones para buscar soluciones propias. Su pintura fue adquiriendo una personalidad cada vez más reconocible, especialmente por la importancia que concedió a la estructura, el color y el equilibrio de la composición.
¿Qué distingue a Juan Gris de Pablo Picasso y Georges Braque?
Las diferencias no pueden reducirse a una fórmula sencilla, porque los tres artistas evolucionaron y experimentaron constantemente. Aun así, existe un rasgo especialmente útil para acercarnos a Juan Gris: su tendencia a construir el cuadro mediante una organización muy calculada. Los objetos pueden aparecer fragmentados, pero la composición completa transmite a menudo una poderosa sensación de orden.
El color también ayuda a establecer diferencias. Frente a la paleta deliberadamente limitada que caracterizó buena parte del cubismo analítico de Pablo Picasso y Georges Braque, Juan Gris concedió progresivamente una mayor importancia a las relaciones cromáticas. El color no funciona únicamente como decoración, sino que participa en la construcción y organización de la imagen.
El orden y la geometría en Juan Gris
Esta preocupación permite comprender mejor algunas de las pinturas que acabamos de contemplar. Una botella, un violín, una guitarra o una figura humana pueden transformarse profundamente, pero los distintos elementos no parecen distribuirse de manera arbitraria. En las composiciones de Juan Gris, formas, líneas y colores establecen relaciones que mantienen unido el conjunto.
Por eso resulta interesante observar sus cuadros durante unos minutos antes de intentar identificar cada objeto. Poco a poco, lo que inicialmente podía parecer una acumulación de fragmentos comienza a revelar una estructura. La geometría deja entonces de ser únicamente una manera de descomponer la realidad y se convierte también en una herramienta para reconstruirla.
Ahí encontramos una de las aportaciones más personales de Juan Gris. Compartió con Pablo Picasso y Georges Braque algunas de las grandes preguntas de la pintura de comienzos del siglo XX, pero no ofreció exactamente las mismas respuestas. Precisamente por eso, contemplar las obras de los tres nos permite entender que el cubismo nunca fue un lenguaje único e inmutable, sino un territorio de experimentación en el que podían convivir maneras diferentes de entender la pintura.
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