José Gutiérrez Solana fue uno de los pintores más singulares de la España del siglo XX. Sus cuadros están poblados por personajes inquietantes, cafés, procesiones, escaparates, espectáculos populares y escenas en las que lo cotidiano parece adquirir siempre un aspecto ligeramente extraño. Frente a otros artistas de su generación, Solana construyó un lenguaje inmediatamente reconocible, marcado por los colores oscuros y una mirada poco complaciente hacia la sociedad de su tiempo.
En este artículo vamos a acercarnos a José Gutiérrez Solana a través de 5 de sus obras: La tertulia del Café de Pombo, Las vitrinas, El circo, La procesión de la muerte y La visita del obispo. Cinco pinturas que nos permitirán entender mejor su particular visión de España y descubrir a uno de los artistas más personales presentes en el Museo Reina Sofía.
Índice

José Gutiérrez Solana: el pintor de la España más oscura
José Gutiérrez Solana nació en Madrid en 1886, aunque pasó parte de su infancia y juventud en Santander. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y desde muy pronto desarrolló una pintura difícil de encajar en los movimientos artísticos de su tiempo. Mientras las vanguardias transformaban el arte europeo, él dirigió su mirada hacia las calles, las tabernas, las fiestas populares, los cafés y algunos de los ambientes menos amables de la sociedad española.
Su universo estuvo profundamente ligado a Madrid. Solana recorrió sus barrios, observó a sus habitantes y convirtió muchos de sus espacios cotidianos en protagonistas de sus pinturas. Sin embargo, no pretendía ofrecer una imagen agradable de la ciudad. Sus figuras aparecen con frecuencia rígidas, serias o casi grotescas, envueltas en una atmósfera pesada que hace que incluso una reunión alrededor de una mesa pueda resultar inquietante.
La influencia de la España negra
Para comprender su pintura resulta inevitable hablar de la llamada España negra, una visión del país interesada por la pobreza, la superstición, la muerte, las procesiones y las tradiciones populares más sombrías. El término había adquirido especial importancia con el libro La España negra, publicado por Émile Verhaeren y Darío de Regoyos a finales del siglo XIX. Solana llevaría después esa mirada a su propio terreno, tanto en su pintura como en sus escritos.
También resulta fácil encontrar ecos de la tradición artística española. El Greco, Velázquez o Goya forman parte del pasado pictórico con el que dialoga su obra, pero Solana construyó a partir de él un mundo completamente personal. Sus colores apagados, sus figuras de rostros endurecidos y su interés por personajes alejados de la imagen oficial de la sociedad hicieron que desarrollara un estilo reconocible prácticamente a primera vista.
Un artista que también fue escritor
Además de pintar, José Gutiérrez Solana escribió. Libros como Madrid. Escenas y costumbres o sus dos volúmenes de La España negra recogen muchas de las obsesiones que aparecen también en sus lienzos. Calles, iglesias, cementerios, tabernas, fiestas y personajes populares pasan continuamente de sus textos a sus pinturas.
Esta doble faceta resulta especialmente útil para entenderlo. Solana no se limitó a representar una España oscura: dedicó buena parte de su obra a observarla, recorrerla y describirla. Las cinco pinturas que veremos a continuación muestran hasta qué punto esa mirada podía adoptar formas diferentes.
5 obras de José Gutiérrez Solana que debes conocer
1. La tertulia del Café de Pombo
Si existe una pintura capaz de reunir en una sola imagen el mundo artístico, literario y personal de José Gutiérrez Solana, probablemente sea La tertulia del Café de Pombo. Pintada en 1920, la obra representa una de las reuniones organizadas alrededor de Ramón Gómez de la Serna en el desaparecido Café de Pombo de Madrid.
Las tertulias eran entonces una parte fundamental de la vida cultural madrileña. Escritores, periodistas y artistas se encontraban regularmente en determinados cafés para conversar sobre literatura, política o arte. Ramón Gómez de la Serna convirtió el Pombo, situado cerca de la Puerta del Sol, en uno de esos lugares y reunió allí a un grupo de personajes vinculados a la vanguardia y a la vida intelectual de la capital.

Ramón Gómez de la Serna en el centro de la escena
Solana no representa una multitud anónima. Los hombres sentados alrededor de la mesa pueden identificarse y el propio pintor aparece entre ellos. Junto a José Gutiérrez Solana encontramos a Ramón Gómez de la Serna, Manuel Abril, Mauricio Bacarisse, Tomás Borrás, José Bergamín, Pedro Emilio Coll, Salvador Bartolozzi y José Cabrero.
Sin embargo, la escena está muy lejos de parecer una animada reunión de amigos. Los personajes apenas interactúan entre ellos. Sus rostros serios y sus cuerpos rígidos producen una extraña sensación de aislamiento, como si cada uno estuviera encerrado en su propio espacio pese a compartir la misma mesa.
Sobre ella aparecen botellas, vasos, una cafetera y otros objetos cotidianos. Solana los pinta con una presencia casi tan contundente como la de los propios tertulianos. La reunión intelectual queda así convertida en una escena material, pesada y oscura, alejada de cualquier representación idealizada de la bohemia madrileña.
Un cuadro dentro del cuadro
Hay además un elemento especialmente interesante en el fondo. Sobre los tertulianos aparece una pintura que representa a una mujer parcialmente desnuda. Su presencia introduce un contraste evidente con los hombres vestidos de negro que ocupan la mesa y, al mismo tiempo, crea un juego entre el espacio real de la tertulia y la imagen representada dentro de ella.
La tertulia del Café de Pombo funciona por ello como mucho más que un retrato colectivo. Solana convirtió un lugar concreto del Madrid de su tiempo en una de las imágenes más reconocibles de la cultura española de comienzos del siglo XX. Pero lo hizo a su manera: sin celebrar a sus protagonistas ni presentarlos como grandes intelectuales, sino reuniéndolos bajo esa atmósfera oscura e incómoda que caracteriza buena parte de su pintura.
Dos tertulias muy diferentes: Solana y Ángeles Santos
Resulta especialmente interesante comparar esta pintura con Tertulia, realizada por Ángeles Santos en 1929. Ambos artistas representan a un grupo de personas reunidas, pero las dos pinturas ofrecen imágenes radicalmente diferentes de la vida social e intelectual en España.
Solana retrata a nueve hombres vinculados al ambiente cultural madrileño en el Café de Pombo. Santos, en cambio, representa a cuatro mujeres jóvenes reunidas en un interior doméstico. Leen, fuman y se relacionan entre ellas, pero su encuentro tiene lugar lejos de los cafés públicos y de los círculos intelectuales tradicionalmente ocupados por los hombres.

Hombres en el café, mujeres en casa
Este contraste hace que las dos pinturas resulten especialmente interesantes cuando las contemplamos juntas. En la obra de Solana, los hombres ocupan un espacio público y participan abiertamente en la vida intelectual madrileña. En la de Santos, las mujeres crean su propio espacio de conversación e intercambio cultural dentro de los límites del hogar.
La diferencia nos permite ir más allá de las dos tertulias y reflexionar sobre la posición de las mujeres en la vida cultural española de comienzos del siglo XX. El café y el interior doméstico se convierten en dos espacios muy diferentes para el intercambio intelectual, reflejando algunas de las desigualdades de género presentes en la sociedad en la que vivieron ambos artistas.
La comparación resulta todavía más sorprendente si tenemos en cuenta que Ángeles Santos tenía solo diecisiete años cuando pintó Tertulia. Si quieres conocer mejor a esta extraordinaria artista y sus obras en el Museo Reina Sofía, puedes leer nuestro artículo dedicado a Ángeles Santos.

2. Las vitrinas: cuando los objetos parecen estar vivos
En Las vitrinas, José Gutiérrez Solana convierte algo tan cotidiano como un escaparate en una escena profundamente extraña. Ante nosotros aparecen figuras femeninas expuestas tras el cristal, rodeadas de vestidos, sombreros y otros objetos. Sin embargo, resulta difícil contemplarlas simplemente como maniquíes: sus rostros y su disposición hacen que parezcan personajes atrapados en un espacio en el que la frontera entre lo humano y lo artificial se vuelve incómodamente difusa.
Este interés no es casual. Solana sintió una auténtica fascinación por los escaparates, las figuras de cera, los autómatas y los maniquíes. Eran objetos asociados al entretenimiento y a la vida urbana, pero también tenían algo perturbador: imitaban el cuerpo humano sin estar vivos. En sus manos, esa contradicción se convierte en un magnífico recurso pictórico.
El Madrid de los escaparates
Los escaparates formaban parte del paisaje de la ciudad moderna. Las mercancías ya no permanecían simplemente dentro de las tiendas: se exhibían hacia la calle, cuidadosamente colocadas para atraer la mirada de los peatones. Solana se fija precisamente en ese mundo de objetos expuestos, aunque elimina prácticamente cualquier sensación de lujo o seducción comercial.
Las figuras de Las vitrinas no parecen invitarnos a comprar nada. Permanecen inmóviles, encerradas y sometidas a nuestra mirada. La oscuridad de la escena y la rigidez de sus cuerpos transforman el escaparate en algo parecido a un pequeño escenario. El espectador ocupa entonces una posición peculiar: está mirando exactamente aquello que ha sido colocado allí para ser observado.
Esta relación entre mirar y ser mirado aparece repetidamente en la obra del artista. Solana se interesó por lugares donde las personas o los objetos se convertían en espectáculo: escaparates, procesiones, cafés, circos o barracas populares. Son espacios muy diferentes, pero todos tienen algo en común: alguien observa y alguien es exhibido.
Maniquíes, máscaras y rostros
Hay además otra obsesión de Solana que ayuda a comprender la pintura: las máscaras. En muchas de sus obras, incluso los personajes auténticamente humanos tienen rostros rígidos y poco expresivos. Frente a ellos, los maniquíes pueden adquirir una inquietante apariencia de vida.
La diferencia entre ambos mundos comienza así a desaparecer. Los objetos parecen personas y las personas, en ocasiones, parecen objetos. Esa ambigüedad explica buena parte de la fuerza de Las vitrinas y también por qué una escena aparentemente sencilla puede resultar tan desconcertante.
Solana no necesitaba recurrir a criaturas fantásticas para producir inquietud. Le bastaba con mirar aquello que encontraba en las calles y alterar ligeramente nuestra forma de verlo. Un escaparate podía convertirse así en un lugar extraño y sus maniquíes en algunos de los habitantes más característicos de su particular visión de Madrid.
Una lectura feminista de Las vitrinas
Las vitrinas también admite una lectura desde una perspectiva feminista. Las figuras femeninas aparecen literalmente expuestas detrás de un cristal, convertidas en objetos destinados a ser contemplados. El paralelismo entre la mujer y la mercancía resulta especialmente sugerente: vestidos, accesorios y cuerpos comparten el mismo espacio y quedan sometidos a la mirada de quien se detiene frente al escaparate.
Esto no significa necesariamente que José Gutiérrez Solana pretendiera realizar una crítica feminista. Sería arriesgado atribuir al pintor una intención que la obra por sí sola no demuestra. Sin embargo, desde nuestra mirada actual, la pintura permite reflexionar sobre la representación del cuerpo femenino como objeto de exhibición y consumo, una cuestión que adquiriría una enorme importancia en la crítica artística posterior.
La propia naturaleza del maniquí refuerza esta interpretación. Estas mujeres artificiales carecen de identidad individual: sus cuerpos han sido vestidos, colocados y organizados para resultar visibles desde el exterior. No actúan, sino que son observadas. En ese sentido, Las vitrinas puede provocar hoy una pregunta que va más allá del universo sombrío de Solana: ¿hasta qué punto la sociedad moderna convirtió también la imagen de la mujer en parte del escaparate?
3. La procesión de la muerte: una España entre religión y miedo
Pocas obras condensan de manera tan evidente el universo de José Gutiérrez Solana como La procesión de la muerte. Aquí encontramos algunos de los temas que recorren constantemente su producción: la religión popular, las procesiones, lo macabro y una presencia de la muerte que no permanece escondida, sino que forma parte del espectáculo colectivo.
La escena conecta además con una tradición europea mucho más antigua: las representaciones de la danza de la muerte y otros motivos medievales que recordaban al espectador que nadie podía escapar de ella. Reyes, religiosos, ricos y pobres terminaban compartiendo un mismo destino. Solana recupera ese imaginario desde su particular mirada sobre la España de comienzos del siglo XX.
La muerte sale a la calle
Una de las claves de la pintura está precisamente en esa convivencia entre lo extraordinario y lo cotidiano. La muerte no aparece como una experiencia privada, escondida en una habitación o limitada al cementerio. Sale a la calle y se integra en una ceremonia pública.
Esto nos ayuda a comprender la fascinación de Solana por las procesiones y otras manifestaciones de la religiosidad popular. En ellas encontraba una combinación perfecta para su pintura: multitudes, imágenes religiosas, rituales antiguos, vestimentas ceremoniales y una relación con el sufrimiento y la muerte que podía resultar profundamente visual.
Pero sería demasiado sencillo interpretar estas escenas únicamente como una burla de la religión. La mirada del artista es más difícil de reducir a una sola intención. Solana observa ese mundo con crudeza y destaca sus aspectos más sombríos, grotescos o inquietantes, pero al mismo tiempo demuestra una fascinación evidente por sus ceremonias y su capacidad para transformar temporalmente las calles.
Una larga tradición de arte y muerte
La muerte, además, tiene una enorme tradición dentro del arte español. Siglos antes, pinturas, esculturas y monumentos funerarios habían utilizado calaveras y cadáveres para recordar la brevedad de la vida. Durante el Barroco, las vanitas convirtieron esta idea en uno de sus grandes temas: la riqueza, la belleza y el poder desaparecen inevitablemente con el paso del tiempo.
Solana recoge parte de esa herencia, aunque la traslada a un lenguaje propio. En sus manos, la muerte ya no pertenece únicamente a una alegoría religiosa ni a un pasado remoto. Forma parte del mismo mundo que los cafés, los escaparates, las calles y los espectáculos populares.
Por eso La procesión de la muerte resulta tan útil para comprender su obra. Aquello que podría parecernos excepcional pertenece en realidad al centro de su universo pictórico. Solana encuentra en la muerte no solo un tema, sino una forma de mirar la sociedad que lo rodea.
Y esa mirada sobre la sociedad adquiere un tono diferente en nuestra última pintura. En La visita del obispo, el protagonismo ya no corresponde a los muertos ni a los personajes del espectáculo, sino a una institución con un enorme peso en la España de su tiempo: la Iglesia.
4. El circo: un espectáculo sin alegría
El circo podría parecer un tema extraño para José Gutiérrez Solana. Frente a sus procesiones, tabernas, personajes marginales o escenas dominadas por la muerte, aquí nos encontramos ante un espacio creado precisamente para entretener. Sin embargo, en manos del pintor, incluso la diversión adquiere un aspecto sombrío.
Solana sintió un profundo interés por los espectáculos populares. Circos, ferias y barracas formaban parte de ese mundo que encontraba recorriendo las ciudades y que después trasladaba tanto a sus pinturas como a sus escritos. Le atraían especialmente sus personajes: artistas ambulantes, payasos y otros trabajadores del espectáculo que vivían en una realidad muy diferente de la cultura burguesa y oficial.

Los personajes detrás del espectáculo
En El circo, lo importante no es únicamente aquello que sucede en la pista. Solana dirige nuestra atención hacia las personas que forman parte de ese universo. Como ocurre tantas veces en su obra, los personajes tienen una presencia pesada, casi inmóvil, muy alejada del dinamismo que normalmente asociamos con una función circense.
Ahí aparece una de las contradicciones más interesantes de la pintura. Estamos ante un lugar destinado a provocar alegría, pero Solana elimina buena parte de ella. El circo deja de ser únicamente un espectáculo para convertirse en otro escenario desde el que observar a las personas que habitaban los márgenes de la sociedad.
No encontramos una imagen brillante ni idealizada de los artistas. El pintor los integra en el mismo universo visual que encontramos en sus cafés o calles: rostros duros, colores apagados y una atmósfera en la que la diversión convive con cierta sensación de decadencia.
La fascinación de Solana por lo popular
Esta elección también nos ayuda a entender qué interesaba al artista de la España de su tiempo. Solana prestó mucha más atención a las manifestaciones populares que a los espacios elegantes de la sociedad. Las fiestas, los espectáculos callejeros, las procesiones o las tabernas le ofrecían personajes y situaciones que difícilmente podían aparecer en una representación oficial del país.
Por eso El circo encaja perfectamente dentro de su producción. No se trata simplemente de pintar un entretenimiento popular, sino de observar qué existe detrás de él. El espectáculo continúa, pero la mirada de Solana se detiene en su lado menos luminoso.
Esta capacidad para encontrar oscuridad incluso allí donde debería existir diversión es una de las características que hacen reconocible su pintura. Y si en El circo esa sensación permanece todavía ligada al entretenimiento, en la siguiente obra desaparece cualquier ambigüedad: en La procesión de la muerte, la muerte entra directamente en escena.
5. La visita del obispo: poder, religión y sociedad
En La visita del obispo, José Gutiérrez Solana vuelve a dirigir su mirada hacia uno de los elementos fundamentales de la sociedad española de su época: la Iglesia. Sin embargo, esta vez no estamos ante una procesión ni ante una manifestación de religiosidad popular. El protagonismo corresponde a la propia jerarquía eclesiástica y a las relaciones sociales que se establecen alrededor de ella.
La llegada de un obispo constituía un acontecimiento importante, especialmente en determinadas ciudades y localidades españolas. Su presencia iba acompañada de ceremonias, recepciones y encuentros con las autoridades y las personas destacadas del lugar. Solana encuentra en este tipo de situaciones un escenario perfecto para observar algo que le interesó constantemente: la representación pública del poder.
El obispo y quienes lo rodean
Como sucede en tantas pinturas de Solana, los personajes no aparecen embellecidos. Sus rostros, sus gestos y la propia construcción de la escena están muy lejos de una representación solemne de la autoridad religiosa. La dignidad que cabría esperar de una visita episcopal queda sometida a esa mirada áspera y deformadora que caracteriza al pintor.
Y aquí resulta especialmente importante observar no solo al obispo, sino también a quienes lo acompañan. La obra habla de una estructura social. Vestimentas, posiciones y actitudes permiten reconocer diferentes papeles dentro de una ceremonia en la que cada personaje parece ocupar el lugar que le corresponde.
Solana consigue así que una escena aparentemente anecdótica pueda leerse también como un retrato de la sociedad española. La Iglesia no aparece aislada: forma parte de un entramado de relaciones sociales y de poder.
¿Una pintura anticlerical?
Es tentador contemplar La visita del obispo como una crítica directa a la Iglesia. El tratamiento poco idealizado de sus personajes y el interés de Solana por los aspectos más grotescos de la sociedad permiten, desde luego, realizar una lectura crítica de la escena.
Sin embargo, conviene evitar una interpretación demasiado sencilla. El artista mostró durante toda su trayectoria una enorme fascinación por iglesias, procesiones, imágenes religiosas, cementerios y ceremonias. Ese interés podía convivir con una mirada dura hacia las instituciones y hacia quienes ejercían el poder dentro de ellas.
Más que ofrecer un mensaje político inequívoco, Solana parece interesado en mostrar el ritual social que rodea a la autoridad. Como ocurre con tantos otros ambientes que pintó, observa a sus protagonistas sin concederles la dignidad idealizada con la que ellos mismos quizá habrían querido ser representados.
Cinco cuadros para entrar en el mundo de Solana
Después de recorrer estas cinco pinturas resulta más fácil reconocer los elementos que construyen su universo. Los intelectuales de La tertulia del Café de Pombo, los maniquíes de Las vitrinas, la presencia macabra de La procesión de la muerte, los personajes populares de El circo y la jerarquía religiosa de La visita del obispo pertenecen aparentemente a mundos diferentes.
Sin embargo, todos pasan por la misma mirada. José Gutiérrez Solana encuentra algo inquietante tanto en un escaparate como en un café, una ceremonia religiosa o un espectáculo popular. No necesitaba inventar un mundo oscuro: le bastaba con observar el que tenía delante.
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