Realeza en el Prado: 5 figuras inolvidables para el Museo

La realeza en el Prado no está presente únicamente en los numerosos retratos de reyes y reinas que cuelgan de sus paredes. La propia historia del museo sería difícil de comprender sin las decisiones, los encargos y las colecciones de algunos miembros de las casas reales europeas. Durante siglos, sus gustos personales contribuyeron a reunir muchas de las obras que hoy forman parte de una de las grandes pinacotecas del mundo.

En este artículo nos centraremos en tres figuras separadas por casi tres siglos: Carlos V, María de Hungría e Isabel de Braganza. Los dos primeros fueron fundamentales en la formación de las colecciones de los Habsburgo durante el siglo XVI; la tercera quedó estrechamente vinculada al nacimiento del Museo del Prado en el XIX. Tres personajes muy diferentes que nos permiten recorrer buena parte de la historia que precedió a la apertura del museo.

Realeza en el prado. Estatua de Isabel de Braganza. Museo del Prado. Fotografía de Lidia Guerra
Realeza en el prado. Estatua de Isabel de Braganza. Museo del Prado. Fotografía de Lidia Guerra

Carlos V: el emperador que convirtió a Tiziano en su pintor

Hablar de realeza en el Prado obliga a detenerse en Carlos V. El emperador no creó una colección destinada a convertirse algún día en un museo, pero sus decisiones artísticas tuvieron consecuencias que se prolongaron durante generaciones. Su relación con Tiziano fue especialmente importante: ayudó a consolidar un vínculo entre la dinastía de los Habsburgo y el gran maestro veneciano que continuaría con Felipe II.

Carlos V en Mühlberg, Tiziano. Museo del Prado. Fotografía de The guides you need

Carlos V conoció personalmente a Tiziano en Bolonia en 1530, durante el viaje a Italia en el que fue coronado emperador por el papa Clemente VII. A partir de entonces, el pintor realizó diferentes retratos del monarca y de miembros de su familia. La confianza que llegó a alcanzar resulta excepcional: en 1533, Carlos V concedió a Tiziano el título de conde palatino y lo nombró caballero de la Espuela de Oro.

Carlos V en la batalla de Mühlberg: la imagen de un emperador

Entre aquellas obras destaca Carlos V en la batalla de Mühlberg, pintada por Tiziano en 1548 y conservada actualmente en el Museo del Prado. El emperador aparece a caballo, armado y sosteniendo una lanza, después de la victoria de las tropas imperiales sobre la Liga de Esmalcalda en 1547. Sin embargo, Tiziano no representa el fragor de la batalla. No vemos enemigos derrotados ni soldados rodeando al monarca: Carlos V avanza prácticamente solo por un paisaje silencioso.

El resultado es mucho más que un retrato militar. Tiziano construye una imagen solemne del poder imperial en la que la armadura, el caballo y la lanza conviven con la serenidad del rostro del emperador. Siglos después, esta pintura sigue siendo una de las imágenes más reconocibles de Carlos V y una de las grandes obras que permiten comprender hasta qué punto la historia de la monarquía y la del Museo del Prado están conectadas.

María de Hungría: una coleccionista extraordinaria

Si Carlos V nos permite entender el origen de una relación artística fundamental, su hermana, María de Hungría, demuestra que el coleccionismo de los Habsburgo fue mucho más que una historia protagonizada por reyes y emperadores. Hermana de Carlos V y de Fernando I, reina viuda de Hungría y gobernadora de los Países Bajos durante más de dos décadas, fue una de las mujeres con mayor poder político de la Europa del siglo XVI. También desarrolló un extraordinario interés por el arte.

María reunió una importante colección y recurrió a algunos de los artistas más destacados de su tiempo. Su figura resulta especialmente interesante para comprender la realeza en el Prado, porque varias obras vinculadas a sus encargos y a su colección terminaron integrándose, directa o indirectamente, en las colecciones reales españolas.

María de Hungría, Tiziano y la memoria de los Habsburgo

Tras la victoria de Carlos V en Mühlberg, María de Hungría encargó a Tiziano una ambiciosa serie de retratos dinásticos destinada a su palacio de Binche, en los Países Bajos. El proyecto no buscaba simplemente decorar una residencia. Los retratos de Carlos V y de otros miembros de la familia convertían el palacio en un escenario para la representación del poder y la continuidad de la dinastía.

Su relación con Tiziano refuerza además la conexión que acabamos de ver con Carlos V. María comprendió el enorme potencial de la pintura del veneciano para construir la imagen pública de los Habsburgo y participó activamente en esa cultura de encargos, intercambios y coleccionismo que caracterizó a la familia.

Una colección que terminó viajando a España

Cuando María abandonó los Países Bajos en 1556, regresó a España junto a sus hermanos Carlos V y Leonor de Austria. Parte de su colección artística también llegó a la Península. Tras su muerte en 1558, Felipe II adquirió numerosas obras que habían pertenecido a su tía.

Ese recorrido ayuda a explicar cómo se formaron las colecciones que, siglos más tarde, alimentarían los fondos del Museo del Prado. María de Hungría no pudo imaginar el museo que conocemos hoy, pero su gusto, sus encargos y su actividad como coleccionista forman parte de la larga historia que hizo posible su extraordinaria colección.

Coleccionar arte: una cuestión de magnificencia

Para comprender a María de Hungría como coleccionista hay que recordar que, durante el Renacimiento, poseer grandes obras de arte era mucho más que una cuestión de gusto. Las colecciones hablaban del poder, la riqueza, la educación y las conexiones de quien las reunía. Encargar una pintura a Tiziano, adquirir una escultura antigua o llenar un palacio de tapices excepcionales permitía proyectar una imagen de magnificencia: la capacidad de utilizar la riqueza de una manera acorde con la posición social y política que se ocupaba.

María de Hungría participó plenamente de esta cultura. Sus encargos para el palacio de Binche, por ejemplo, no pueden entenderse únicamente como decoración. El edificio y las obras que contenía servían para impresionar a embajadores, nobles y visitantes y, al mismo tiempo, exhibir la posición de María dentro de la poderosa familia de los Habsburgo.

Coleccionar para demostrar poder

María no fue, por supuesto, una excepción. Su hermano Carlos V recurrió a Tiziano para construir algunas de las imágenes más poderosas de su reinado, mientras que Felipe II reunió pinturas de Tiziano, El Bosco y otros grandes maestros para sus residencias. En Italia, los Médici utilizaron durante generaciones el patronazgo y el coleccionismo como expresión de prestigio familiar. Los Gonzaga de Mantua hicieron algo semejante y reunieron una de las colecciones principescas más célebres de Europa.

Esta relación entre arte, riqueza y prestigio sobrevivió mucho más allá del Renacimiento. Reyes, aristócratas y grandes empresarios continuaron formando colecciones durante siglos. Uno de los últimos grandes ejemplos fue Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza, cuya colección privada abarcó desde maestros antiguos hasta algunas de las principales corrientes artísticas del siglo XX. Buena parte de ella puede contemplarse hoy en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid.

De María de Hungría al barón Thyssen transcurrieron más de cuatro siglos, pero permaneció una misma idea: coleccionar arte también era una forma de presentarse ante el mundo. La gran diferencia es que muchas de aquellas colecciones privadas y dinásticas terminaron convirtiéndose en patrimonio accesible al público. En Madrid podemos comprobarlo especialmente bien: las antiguas colecciones reales constituyen una parte esencial del Prado, mientras que la colección Thyssen-Bornemisza dio origen a otro de los grandes museos del Paseo del Arte.

Felipe II: el gran coleccionista de El Bosco

La siguiente generación mantuvo la pasión de los Habsburgo por el arte. Felipe II, hijo de Carlos V y sobrino de María de Hungría, fue un extraordinario coleccionista y continuó enriqueciendo las colecciones reales durante su largo reinado. Ya hemos hablado de él en nuestro artículo sobre Felipe II y el videojuego Civilization VI, pero aquí nos interesa una faceta muy diferente del monarca.

Entre sus numerosos intereses artísticos, ninguno resulta hoy tan reconocible como su fascinación por El Bosco. Felipe II reunió el conjunto más importante de obras del pintor que existía en su tiempo. Esta circunstancia resulta fundamental para entender por qué algunas de las pinturas más célebres del maestro neerlandés se encuentran actualmente en España.

La adquisición de El Bosco para las colecciones reales

Felipe II no encargó aquellas pinturas: El Bosco había muerto en 1516, once años antes del nacimiento del rey. Tuvo que buscarlas, por tanto, en colecciones anteriores. Una de las adquisiciones más importantes se produjo en 1570, cuando Felipe II compró a los herederos de Felipe de Guevara varias pinturas atribuidas a El Bosco. Guevara había sido un importante coleccionista y un profundo conocedor de la obra del artista.

A estas adquisiciones se sumaron otras. El caso más famoso es el de El jardín de las delicias, que había pertenecido a la familia Nassau y terminó en manos de don Fernando de Toledo, hijo natural del III duque de Alba. Felipe II lo adquirió en la almoneda de sus bienes en 1591.

La incorporación de El Bosco a las colecciones reales

Las obras adquiridas por Felipe II fueron destinadas principalmente al Monasterio de El Escorial. El jardín de las delicias llegó allí en 1593 y quedó registrado como una pintura sobre la «variedad del mundo». También estuvieron vinculadas a las colecciones de Felipe II obras como La mesa de los pecados capitales, El carro de heno y Las tentaciones de san Antonio, aunque las atribuciones y procedencias de algunas piezas relacionadas históricamente con El Bosco han sido revisadas con el desarrollo de la investigación moderna.

El resultado fue excepcional. Mientras las pinturas de El Bosco acababan dispersándose entre diferentes colecciones europeas, la monarquía española concentró un conjunto extraordinario gracias, sobre todo, al interés personal de Felipe II.

¿Cómo llegó El Bosco al Museo del Prado?

Aquí hay una diferencia importante entre pertenecer a las colecciones reales y pertenecer al Museo del Prado. Algunas de las grandes obras de El Bosco permanecieron durante siglos en El Escorial y no estuvieron entre las pinturas con las que el museo abrió sus puertas en 1819.

El jardín de las delicias, por ejemplo, permaneció en El Escorial hasta el siglo XX. Fue trasladado al Museo del Prado en 1939 y quedó allí en depósito de Patrimonio Nacional. De esta manera, el extraordinario interés de Felipe II por un pintor del siglo XV terminó teniendo una consecuencia que el monarca jamás habría podido prever: convertir al Prado en uno de los lugares fundamentales del mundo para conocer a El Bosco.

Las «Poesías» de Tiziano: otra gran aportación de Felipe II

El Bosco fue una de las grandes pasiones de Felipe II, pero estuvo lejos de ser la única. El rey continuó la estrecha relación que Carlos V había establecido con Tiziano y se convirtió en uno de los grandes destinatarios de su pintura. De esta relación nació uno de los conjuntos mitológicos más importantes del Renacimiento: las llamadas Poesías.

Tiziano concibió estas pinturas como equivalentes visuales de la poesía, inspirándose principalmente en las Metamorfosis de Ovidio. La serie incluía obras como Dánae, Venus y Adonis, Diana y Acteón, Diana y Calisto, Perseo y Andrómeda y El rapto de Europa. Las pinturas terminaron dispersándose con el paso de los siglos, pero el Museo del Prado conserva hoy Dánae y Venus y Adonis, dos magníficos testimonios de aquella relación entre Felipe II y Tiziano.

Dánae y la lluvia de oro. Tiziano. Museo del prado. Fotografía de The guides you need
Dánae y la lluvia de oro. Tiziano. Museo del prado. Fotografía de The guides you need

Tintoretto, Veronés y Bassano: más allá de Tiziano

La predilección de Felipe II por la pintura veneciana tampoco terminó con Tiziano. Sus colecciones incorporaron obras de otros grandes maestros procedentes de la República de Venecia, entre ellos Tintoretto, Veronés y Jacopo Bassano, además de pinturas realizadas por miembros del taller y la familia de este último.

Estas adquisiciones contribuyeron a convertir la pintura veneciana en una de las grandes fortalezas de las colecciones de los Habsburgo españoles. El gusto iniciado durante el reinado de Carlos V encontró así continuidad en su hijo y sería desarrollado todavía más por generaciones posteriores. El resultado de aquella pasión puede comprobarse hoy en las salas del Prado, donde El Bosco convive con una extraordinaria representación de los grandes maestros venecianos del siglo XVI.

Felipe IV y Velázquez: comprar arte para la Corona

Si Felipe II continuó el coleccionismo de Carlos V y María de Hungría, su nieto, Felipe IV, llevó las colecciones reales a una nueva etapa durante el siglo XVII. El monarca fue un apasionado de la pintura y reunió centenares de obras para decorar sus residencias. Su reinado resulta fundamental para comprender la realeza en el Prado, especialmente por su relación con Diego Velázquez, que no fue únicamente su pintor de cámara: también actuó al servicio del rey en la adquisición de arte.

Felipe IV poseía una extraordinaria colección de pintura, en la que ocupaban un lugar privilegiado Tiziano, Rubens y el propio Velázquez. Pero también quiso incorporar esculturas y pinturas italianas capaces de engrandecer las residencias de la monarquía. Para conseguirlas recurrió a alguien que conocía el arte desde dentro.

Velázquez viaja a Italia para comprar arte

En 1649, Velázquez emprendió su segundo viaje a Italia por encargo de Felipe IV. Una de sus principales misiones era adquirir pinturas y esculturas antiguas para el rey y conseguir moldes de algunas de las esculturas clásicas más prestigiosas de Roma, a partir de los cuales pudieran realizarse reproducciones en bronce.

Durante su estancia compró importantes obras de artistas italianos destinadas a las colecciones reales. Entre ellas encontramos pinturas de Tintoretto y Veronés, maestros venecianos que daban continuidad a una tradición coleccionista cultivada por los Habsburgo desde el siglo XVI. Pero sus adquisiciones no se limitaron a Venecia. Velázquez consiguió también obras atribuidas entonces a Rafael, uno de los grandes nombres del Renacimiento italiano y un artista especialmente codiciado por las principales colecciones europeas.

La misión demuestra hasta qué punto Felipe IV confiaba en el criterio de su pintor. Velázquez no actuaba simplemente como un intermediario encargado de cerrar compras: era un artista excepcional seleccionando obras para otro gran coleccionista. El objetivo era incorporar a las colecciones de Felipe IV ejemplos de diferentes momentos y escuelas de la pintura italiana, desde el Renacimiento de Rafael hasta los grandes maestros venecianos.

Esculturas para el Real Alcázar

La misión de Velázquez tuvo también una importante vertiente escultórica. En Roma encargó vaciados de algunas de las esculturas antiguas más famosas de la ciudad y organizó la realización de copias en bronce. Felipe IV pretendía utilizarlas para decorar el Real Alcázar de Madrid, transformando sus espacios mediante referencias directas al prestigio artístico de la Antigüedad.

Aquí encontramos de nuevo la idea de magnificencia que vimos al hablar de María de Hungría. Una gran colección no servía únicamente para satisfacer el gusto privado del monarca. También convertía el palacio en una manifestación visible de cultura, riqueza y poder. Poseer grandes pinturas italianas y reproducciones de célebres esculturas clásicas situaba a la corte madrileña dentro de una competición artística que se extendía por las principales cortes europeas.

De los palacios de Felipe IV al Museo del Prado

Muchas de las pinturas reunidas durante el reinado de Felipe IV decoraron inicialmente espacios como el Real Alcázar y el Palacio del Buen Retiro. Sus destinos cambiaron con el paso de los siglos: incendios, traslados, nuevas residencias y finalmente la creación del Museo del Prado modificaron por completo el contexto para el que habían sido adquiridas.

Por eso, cuando recorremos hoy las salas del Prado encontramos mucho más que los retratos que Velázquez pintó de Felipe IV y su familia. Encontramos también el resultado de la política artística de un rey que utilizó a su propio pintor para buscar obras en Italia. Parte de la extraordinaria riqueza de las colecciones que hoy conservan el Museo del Prado y el Palacio Real tiene sus raíces en aquella voluntad de Felipe IV de convertir Madrid en una corte a la altura de las grandes capitales artísticas de Europa.

Isabel de Braganza: la reina que impulsó la creación del Museo del Prado

Con Isabel de Braganza, nuestra historia de la realeza en el Prado da un salto de casi tres siglos. Segunda esposa de Fernando VII, llegó a España en 1816 y, pese a morir apenas dos años después, con solo 21 años, desempeñó un papel fundamental en el proyecto que conduciría a la creación del Museo del Prado.

Isabel era aficionada a las bellas artes y apoyó activamente la idea de reunir y mostrar al público las extraordinarias pinturas que la Corona había acumulado durante generaciones. El propio Museo del Prado reconoce actualmente a la reina como promotora del Real Museo y señala su influencia sobre Fernando VII para llevar adelante el proyecto. La decisión formal correspondía necesariamente al monarca, pero detrás de ella estuvo el impulso de Isabel de Braganza.

De las colecciones reales al Real Museo

La propuesta de establecer una galería pública con las colecciones reales ya contaba con antecedentes, pero fue en la época del matrimonio entre Isabel de Braganza y Fernando VII cuando el proyecto empezó a concretarse. El edificio, obra de Juan de Villanueva a finales del siglo XVIII, que inicialmente iba a ser el Gabinete de Ciencias Naturales, encontró un nuevo propósito.

Isabel no llegó a ver el resultado de su esfuerzo. Falleció en diciembre de 1818 y el Real Museo de Pintura y Escultura fue inaugurado el 19 de noviembre de 1819. En su apertura, se mostraban 311 obras, todas de artistas españoles y provenientes de las colecciones reales. Era la primera vez que una porción de ese patrimonio, acumulado a lo largo de los siglos, podía ser apreciada de manera conjunta en un museo.

Isabel de Braganza, fundadora del Museo del Prado

La vinculación de la reina con el nacimiento de la institución quedó plasmada de manera extraordinaria en el Retrato de la reina María Isabel de Braganza como fundadora del Museo del Prado, realizado por Bernardo López Piquer en 1829. Isabel aparece señalando el edificio de Villanueva mientras apoya la otra mano sobre los planos del museo. La pintura no deja lugar a dudas sobre cómo se quiso conservar su memoria: como una de las grandes responsables de que las colecciones reales llegaran a convertirse en un museo.

Esa reflexión no se limita únicamente al siglo XIX. El Museo del Prado sigue considerando a Isabel de Braganza como su «reina fundadora» y, a partir de 2025, le reservará un espacio dedicado a honrar su papel como impulsora de la institución. Su historia culmina nuestro recorrido de una forma particularmente relevante: Carlos V y María de Hungría participaron en la recolección y el enriquecimiento de las colecciones dinásticas; siglos más tarde, Isabel de Braganza contribuyó a desarrollar el proyecto que empezó a acercarlas al público.

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